Aquí
estoy de nuevo, listo para afrontar los cargos que me han imputado
algunos individuos (vía correo electrónico) luego de la publicación
de mi artículo "La mentira infinita".
Reitero una de las premisas que han regido mi vida desde que tengo memoria:
no ofender ni censurar a quienes creen en los extraterrestres. Mi énfasis
recae sobre los ufólogos desmedidos, los que tergiversan efectos de
la naturaleza o un F-117 con tal de obtener rédito directo de los lectores
de sus obras. Por favor, tomen en cuenta estas palabras. Recaer en la
lógica de que "el universo es tan grande, ¿cómo es posible que no
haya más vida que la nuestra?" sería absurdo, simplista.
Les voy a contar cómo llegaron a mi vida los platillos voladores. En
el año 1993 atendí en mi consultorio privado a una joven llamada Eliana.
Sus padres, de buena posición económica, creían que su hija padecía
alguna clase de desorden mental generado por una adicción compulsiva
hacia los "marcianos", como me explicara la madre en su momento.
Acepté el caso porque me pareció llamativo. Además, estaba en juego
la cordura de una muchacha querida por sus amigos y familiares, razón
suficiente para que le estrechara la ayuda necesaria.
Fueron dos meses de exhaustivas sesiones. Eliana se mantenía cerrada
y no permitía que nadie (salvo su novio) conociera su verdadera cara,
la que se suele esconder por temor al rechazo. Conversé con su mejor
amiga quien me permitió acceder a algunos cuentos que escribió la paciente.
El estilo era verdaderamente jovial, aunque rondara el mismo punto:
los hombrecitos verdes del espacio y sus altercados con humanos. No
esperé un segundo más y me introduje de lleno en la cuestión. Leí una
decena de libros de "prestigiosos" investigadores como J. J. Benítez,
Jiménez del Oso, Sebastián D’ Arbó, Salvador Freixedo, Pedro Romaniuk,
Fabio Zerpa, Juan G. Atienza, entre otros. Aunque las temáticas variaban,
los autores caían en la misma laguna que los ahogaba: la nulidad de
pruebas. Para embestir a los escépticos crearon un completo arsenal
de contactos en las altas esferas de los gobiernos, en el Pentágono,
en las fuerzas aéreas, etc. Aludiendo una "reserva de identidad"
fabulaban libremente sin el límite debido.
Una fría tarde, Eliana se conmovió repentinamente. Sus ojos se tornaron
lacrimosos. Murmuraba algo incomprensible para mi percepción, pero al
cabo de unos minutos comprendí la enmienda de su mirada. Saltó del sillón
para arrojarse sobre la biblioteca que daba a la ventana principal de
mi oficina. Seguí sus pasos y le pedí que se tranquilizara. Los dedos
nerviosos de la joven escarbaron en una pila de viejas películas en
video. Se detuvieron sobre la portada de "Encuentros cercanos del tercer
tipo" de Spielberg. Estupefacto por su capacidad visual, me dediqué
a tranquilizarla. Le pregunté si quería ver el filme. Pegó un agudo
grito afirmativo. Encendí la videograbadora, coloqué el cassette y apreté
el botón "play". En el transcurso de la hora y media aproximada
de duración me dediqué a un examen detallado de cada una de sus expresiones
corpóreas.
Logré hacerme de tiempo para visitar la casa de la muchacha. Su padre
y madre no estaban presentes por cuestiones laborales. Me atendió la
mucama que se encargaba de la limpieza del lugar. Al mencionarle mi
apellido asintió con su cabeza y me invitó a pasar. El living era realmente
espectacular, bah, la casa era espectacular. Revestida de muebles de
roble y persianas americanas, caminamos hasta el comienzo de una escalera
que conectaba al primer piso. Sobre una puerta roja (en contraste con
el resto de los ambientes) la frase escrita con marcador negro "Déjense
de joder". Alrededor de ésta el rostro de un "ET": El óvalo con los
ojos protuberantes en su interior.
La mucama empujó la puerta y entré. Un tufo desagradable circundaba
todo el ambiente. Una cama desordenada, repleta de libracos antiguos
y las sábanas manchadas con pintura labial. Di algunos pasos, observando
los elementos a mi alrededor. Sobre las paredes había afiches de películas
sobre ovnis ("ET", "X-Files", "Encuentros cercanos...", "Star Trek")
y dibujos de la propia Eliana donde se representaban a los extraterrestres
abduciendo personas en casas, caminos, baldíos, etc. Muy pronto me percaté
de que estaba sinceramente obsesionada con los raptos. Por tanto, puntualicé
mi pesquisa en torno a este género inmerso en la gran parafernalia mitológica
OVNI.
Antes de
irme se me dio por examinar el material literario que estaba leyendo.
Me senté en una silla y examiné un texto al azar. Para mi sorpresa:
Caballo de Troya, de Benítez. Con una lastimosa sonrisa entre dientes
hojeé el ejemplar para descubrir las cientos (tal vez miles) de anotaciones
que había practicado la joven en los bordes de las páginas. Una sensación
de dolor mezclada con lástima se produjo en aquel instante.
No sé si
fue la misericordia de los cielos o un rayo láser alienígeno el que
produjo el cambio en la relación que entablaba con Eliana. De una sesión
para otra se puso a hablar de sus padres, a los que acusaba de salvajes
egoístas y trogloditas. Aproveché su ira para entrar de lleno en el
conflicto que la afligía. Le expliqué que había hablado con varias de
sus amigas más íntimas y de mi visita a su habitación. Primeramente
se sintió violada. Explayó una larga lista de malas palabras, que acepté
por entrar de improviso en su intimidad. Me justifiqué diciendo que
necesitaba conocer su hábitat, su pequeño castillo. Finalmente y luego
de algunas horas de discusión banal, rompió en llantos.
Para sintetizar un poco esta historia, Eliana había vivido
una existencia llena de comodidades materiales, pero no sentimentales.
Su madre (según su juicio) la acusaba de mantener en constante desorden
la casa, mientras que su padre la ignoraba por completo debido a la
agotadora tarea de mantener en vilo la empresa que dirigía. Este ambiente
negativo le produjo una lenta tendencia al aislamiento. Y no tuvo mejor
idea que la de obsesionarse, en un comienzo, con la serie de televisión
"Star Trek: The next generation". Capítulo tras capítulo, fue perdiéndose
en la trama cinematográfica en un intento de borrar su propia vida.
Se asimiló con los personajes y se incomunicó con el resto de sus compañeros
de clase. Comenzó a ir a las librerías en busca de "material bibliográfico".
Conoció
las revistas españolas de ocultismo, compró decenas de textos sobre
platillos voladores y raptores de cuerpo flexible. Digamos que su libido
se excitó con la idea de una abducción a medianoche. Eliana deseaba
un contacto sexual con un extraterrestre. A medida que crecía, su cuerpo
cambiaba. La perenne creencia en vida fuera de la Tierra se afianzaba.
Por la televisión salían los pseudocientíficos hablando sobre civilizaciones
muertas en Marte, de súper torpedos nucleares que llevarían al hombre
al otro lado de la galaxia, entre algunas de las más destacadas fábulas
modernas.
Tuvo que
pasar un año para que la muchacha volviera a relacionarse con sus pares
de estudio y entablara una charla informal con sus padres, quienes también
se integraron a la sesión de forma productiva. Puedo decirles –con cierto
orgullo– que hoy en día Eliana es una espléndida e inteligente universitaria.
Una de las mejores de su curso, como me explicara telefónicamente hace
unos meses.
Creo que
como ejemplo de "lavado de cerebro" basta y sobra. No culpo a la Paramount
ni a los productores de la serie por imprimir ideas subliminales en
el producto final. Todos sabemos que se trata de una ficción escrita
porque la vemos en una pantalla rectangular. Pero... Caballo de Troya...
Un libro que fue escrito para ser vendido, en especial, para ser creído.
La trama está enteramente robada de "El libro de Urantia", escrito en
los años 40, éxito editorial en los 70 y realidad en los 90. La "Biblia"
de cientos de fieles creyentes.
Para concluir,
los relatos ufológicos alimentan a un pueblo sediento de soluciones
mágicas. Es como una bacteria venenosa que se reproduce en la sangre
y no permite el raciocino debido frente a un hecho "inexplicable".
Y no me vengan los entendidos con "El libro de los condenados" de Charles
Fort ni "La ciencia inexacta" de Jean F. Domè, aludiendo que célebres
y reconocidos científicos se tomaron nada menos que sus vidas completas
en resolver el envés de la trama.
Soy escéptico.
Solo cambiaré mi actitud cuando me presenten evidencia. Una prueba,
una pizca de materia extraterrestre. Ojo. No espero que venga el cabezón
ET a decirme "home" ni que me lleven como al agente Mulder a
una nave en el desierto. No, por favor. Sino que se acerque Del Oso
o Zerpa con un objeto en su mochila y que descubramos que no contiene
ningún elemento conocido ni en la Tierra ni en el espacio.
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