| Somos
un país sin personalidad, sempiternamente sujeto a las influencias foráneas.
Todo lo que llega de afuera, especialmente lo feo y extravagante, lo asumimos
con inusitada devoción. El fenómeno no es nuevo, desde comienzos del siglo
pasado han llegado a nuestra tierra las más extravagantes y siniestras
sectas y muchos crédulos se han integrado a ellas sin la menor reflexión.
Hoy, la moda gira en torno a las sectas platillistas y hay una legión
de gurús que aseguran que viene una inminente catástrofe planetaria y
que sólo los elegidos, léase aquellos que siguen sus abstrusas enseñanzas,
se salvarán pues llegará una flota de naves extraterrestres a rescatarlos.
Algunos
argumentarán que esta ola místico-alienígena es producto del mayor intercambio
y las comunicaciones cada vez más rápidas y expeditas, agregando con seriedad
es que "la globalización es un hecho", tal como lo ha señalado Kofi Annan,
Secretario General de las Naciones Unidas.
Pero,
esta estulticia ha llegado a nuestro folklore con motivo de la misteriosa
muerte de animales ocurrida en las cercanías de la ciudad de Calama, que
está ubicada en pleno desierto de Atacama. Allí habría aparecido el puertorriqueño
"chupacabras", animalejo que allí con extraordinaria tenacidad ha dado
cuenta de numerosos chanchos, cabras, ovejas y con un insólito sentido
de ubicuidad se ha visto posteriormente en otros lugares de nuestra larga
geografía.
Las
explicaciones lógicas sobre el tema no sirven. No pueden ser perros salvajes
o la acción depredadora de algunos alienados, tal vez pertenecientes a
sectas satánicas. Hay sólo un culpable -el "chupacabras"-, aunque los
supuestos testigos no se pongan de acuerdo sobre su fisonomía. Los medios
de comunicación, ávidos de morbosidad, van hasta donde los llamen, sabiendo
que muchas denuncias sobre las correrías del mítico "chupacabras" tienen
relación con la acción de animales salvajes.
Sin
embargo, los propagadores de la existencia de este supuesto animal de
origen extraterrestre se olvidan, o no saben, que desde tiempos inmemoriales,
entre los muchos animales mitológicos que habitan en nuestra tierra, está
el legendario "piuchén", que dice la tradición es una mezcla entre ave
de rapiña y culebra, que se alimenta de sangre y que habita en cavernas
y huecos de árboles, tal como se cree sucede con el "chupacabras".
Tal
vez sería mejor que interpretáramos los fenómenos extraños tras los análisis
y estudios pertinentes y no consultando a quienes por aparecer en las
pantallas de la televisión o en las páginas de un periódico son capaces
de inventar o describir la presencia de seres que sólo existen en su febril
imaginación.
Lo
lamentable es que el "chupacabras" ya se ha instalado en la imaginación
y en los temores de los chilenos, tan asiduos a recibir doctrinas y modas
extranjeras. Quizás somos los adalides, y lo digo sin ánimo chauvinista,
de la globalización en esta parte de América.
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