El
estamento escéptico denunció la irracionalidad desplegada
en torno al espantoso atentado contra las torres gemelas de Nueva York.
A las caras de Dios y el Diablo en las columnas de humo, debimos sumar
los engaños deliberados: "Centurias" apócrifas
de Nostradamus, OVNIS revoloteando en medio de la tragedia, y un extenso
etcétera. Fueron "los fraudes del 11 de septiembre".
Sin
embargo, los fraudes siguieron. EE.UU. se apresuró a señalar
un culpable: Osama Bin Laden, jefe máximo de Al Qaeda. Dijo tener
pruebas. A nadie en el mundo le quedó muy claro de qué
pruebas se trataba, salvo a Tony Blair, a quien le fue revelado el gran
secreto, todo entre bambalinas. Ataque masivo a Afganistán, sin
pruebas concluyentes o, al menos, públicas. Qué importa.
Con alguien hay que desquitarse. Afganistán es devuelto al neolítico,
las masas comienzan un éxodo incierto en busca de alimentos,
medicinas y la mínima seguridad de que podrán seguir respirando;
todo queda en ruinas y los liberadores se van a sus casas, planeando
nuevas liberaciones. ¿La tan prometida y cacareada "reconstrucción"
de Afganistán? Al tacho del olvido, el mismo en que quedó
Bin Laden, pues rufianes a los que castigar sobran. ¿No es claro
que continuaron los fraudes?
Siguió
Irak, "la bestia negra". Saddam no guarda ninguna relación
ni con Osama ni con el 11/9, como hasta la CIA y el FBI lo reconocen.
Qué importa. Los halcones están en su momento cumbre.
Los inspectores de la ONU saben -en el fondo- que no hay tales armas
de destrucción masiva. Que el régimen de Hussein está
tan débil que tiembla de miedo con sólo pensar en tenerlas
(no hablemos de usarlas). Que Irak está depauperado, hambreado.
Que Irak hace tiempo no puede ni importar fósforos (no sea que
vayan a utilizar la pólvora). Que Irak es la nueva víctima
propiciatoria de la civilización occidental. Pero los halcones
desoyen el clamor mayoritario del mundo. Fanfarronean, advirtiendo que
digan lo que digan los inspectores... ellos bombardean igual. Mejor
aún, desean que todos en el planeta nos demos cuenta de su desprecio
por la ONU, de que no necesitan más que a sí mismos, que
el mundo comienza en California y termina en Manhattan. Notifican al
orbe que la opinión pública mundial les importa un bledo.
"Somos imperialistas, ¡y qué!".
Apliquemos
entonces la navaja de Occam. Declaremos indigna de crédito cualquier
"evidencia" que salga de debajo de las botas de los vencedores.
Tenemos todo el derecho de pensar que, si un estado inició una
sangrienta guerra ilegal, puede seguir cometiendo ilegalidades: "Quien
puede lo más, puede lo menos". Si aparecen, de milagro,
las armas de destrucción masiva de Hussein (la excusa para la
invasión) deberíamos declarar ipso facto que estamos ante
un montaje (uno peor que los denunciados por el CSICOP y La Nave). Total,
desde el hundimiento del "Maine" (que justificó una
vil guerra con España) se trata de la especialidad de la casa.
Por cierto, Hans Blix, jefe de los inspectores de la ONU, acusó
abierta y mundialmente a EEUU y el Reino Unido de falsificación
de pruebas. Pero Rumsfeld sigue celebrando, Cheney bravuconeando y Condoleeza...
bueno, planteando apocalípticos escenarios sin perder su encantadora
sonrisa.
Y
ya hay informes de la CIA como para afilarse los colmillos: Siria tiene
gas sarín y, en una de ésas, armas de destrucción
masiva. ¿Por qué no bombardearlos también a ellos?
Ya que estamos aquí, ¿por qué no aprovechamos bien
el viaje? Ya Madeleine Albright preguntóse antes de que su gobierno
desatase el infierno en Kosovo: "¿De qué nos vale
tener el ejército más poderoso del mundo si no podemos
utilizarlo?".
Entonces,
¿por qué no aplicar el juicio escéptico ante "pruebas"
tan dudosas en su origen? ¿Es que acaso no hemos visto en Irak
la operación mayor de prestidigitación geopolítica
de las últimas décadas? Cuando un general muestra a los
periodistas una lista de jerarcas del régimen de Hussein, diciendo
que "pueden ser asesinados o capturados", o sea, "vivos
o muertos" como en las películas del Lejano Oeste, pisoteando
todo el derecho internacional con el que hacen sonoras gárgaras
cuando les conviene... ¿Podemos creer en las pruebas que sospechosa
y seguramente harán aparecer en breve? ¿No se impone,
en un estado de cosas semejante, el escepticismo más absoluto?
Lo que es en La Nave, no les creeremos ni una maldita palabra.