Lo
que sigue son algunas reflexiones sobre la famosa observación
de Kenneth Arnold, del 24 de junio de 1947 (Mount Rainier, Washington).
Para situar este caso clásico en su justa perspectiva conviene
recordar una vez más -nada de esto es nuevo- algunas de sus características
más sobresalientes.
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A pesar de las páginas y páginas que se han llegado a
llenar con análisis y discusiones del suceso, no hay que olvidar
que todo reposa en el testimonio de un único observador. ¿Datos
objetivos? Nos hemos de contentar con el relato y los datos aportados
por Arnold. No es de extrañar que los análisis del caso
acaben teniendo algo de exégesis de un texto sagrado. Dime cómo
interpretas a Arnold y te diré a qué querías que
se parecieran sus nueve objetos...
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A menudo, a la vista de los dibujos de los flamantes "artefactos"
observados por Arnold o a la lectura de algunas de las sofisticadas
discusiones sobre la forma y la envergadura que tenían, podríamos
perder de vista el hecho básico de que lo que observó
fueron auténticas ¡"pulgas" voladoras! Arnold
informó de objetos que estaban cerca... del límite de
resolución del ojo. Es decir, que si hubieran estado todavía
más lejos (y Arnold los situaba ya a unos cuarenta kilómetros
de distancia...) o hubieran sido más pequeños, prácticamente
ya no los habría visto.
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Son innumerables los autores que han considerado que este caso marca
el verdadero nacimiento de la era de los "platillos volantes".
Lo cierto es que cualquier parecido de los "platillos volantes"
con los objetos observados por Arnold es pura coincidencia. Hoy, hasta
quienes se acercan al tema con menos bagaje crítico ya aceptan
que la expresión "platillo volante" se convirtió
en una descripción de forma por obra y gracia de la prensa. En
realidad, ya hace tiempo que la denominación "ovni"
-que tomó el relevo- permitió superar este pequeño
trauma de nacimiento y acoger bajo un mismo techo a discos, esferas,
triángulos y un largo etcétera. Lo curioso del caso es
que, si nos fijamos en lo que se ha ido observando en las décadas
posteriores, las formas de los objetos descritos por Arnold continúan
siendo totalmente atípicas...
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Si algo hay que reconocerle a esta observación, es que es uno
de los más viejos casos de avistamiento de auténticos
Objetos Volantes No Identificados, con todas las letras. Transcurrido
más de medio siglo, todavía nadie se pone de acuerdo en
la posible identificación de los objetos observados por Arnold.
Bien pensado, esto por sí solo podría ser ya una buena
pista... Esta situación, ¿no nos estará gritando
a la cara que estamos intentando buscar la cuadratura del círculo?
Una información errónea por acá o por allá
y cualquier intento de buscarle sentido al relato de Arnold estará
condenado al fracaso o a la perpetua polémica.
Casualmente, éste es uno de esos peculiares casos en que el simple
hecho de suponer que debe tener una explicación convencional
implica automáticamente que la información disponible
es, con toda seguridad, errónea. Como ya se ha señalado
alguna vez, de ser correctas las informaciones aportadas por Arnold,
los objetos debían superar la barrera del sonido. Sin embargo,
nadie señaló el característico e inevitable "boom"
sónico en la extensa área que habrían sobrevolado
los objetos. Sin duda, el hecho hubiera trascendido a la prensa en los
días siguientes. Y más, si cabe, porque el primer vuelo
supersónico -como destaca Pere Redón- aún no había
tenido lugar (la proeza la llevaría a cabo Chuck Yeager meses
más tarde, el 14 de octubre del mismo año, pilotando el
Bell X-1).
Si la observación de Arnold fuera explicable, la siguiente noticia
sería pues una mala noticia: algo falla en sus datos. Acto seguido,
deberíamos plantearnos: ¿cronometró un tiempo inferior
al real?, ¿ubicó los objetos más lejos de lo que
estaban?
La
última de las hipótesis propuestas para descifrar la célebre
observación de Arnold sugiere que éste pudo haber observado
en realidad una bandada de pelícanos (ver artículo de
Easton). Por otro lado, un vistazo a los archivos del foro electrónico
"UFO
UpDates" puede dar una idea de la acalorada controversia suscitada
por esta hipótesis. Hasta el punto de que ciertos sectores ufológicos
poco receptivos a la explicación ornitológica han llegado
a acuñar y popularizar el término "pelicanist",
como sinónimo de "debunker"...
Aunque la explicación "pelicanista" resulta muy atractiva
en muchos aspectos y es más verosímil de lo que puede
parecer a primera vista, justo es reconocer que también deja
cabos sueltos. Veremos en el futuro si se consolida como la mejor propuesta
o si termina arrinconada como otras propuestas anteriores.
(Una versión más extensa de este artículo, detallando
los pormenores de la respuesta de Maccabee a la hipótesis propuesta
por Easton, apareció en Papers d' Ovnis Nº 22, octubre-diciembre
de 2000).