La
hipótesis de que existen animales de gran tamaño, aún
no identificados por la sistemática zoológica, en el lago
Ness, ha sufrido duros embates que reconocen incluso los creyentes honestos
(Bauer, 1987). El conjunto de las descripciones resulta contradictorio;
de la pila de fotografías tomadas en 50 años se rescata
sólo una (1), confusa, de la cual no ha podido comprobarse que
sea fraudulenta, aunque tampoco constituye un documento probatorio;
una cacareada filmación resultó ser una embarcación
a motor.
No obstante, la hipótesis criptozoológica aún no
está totalmente desacreditada debido a que hacer semejante afirmación
no es un disparate. El lago es enormemente extenso y profundo y durante
mucho tiempo constituyó un brazo de mar, lo que puede apreciarse
a simple vista en un mapa de Gran Bretaña.
Lo que sí es un disparate es pretender que tal animal sea un
plesiosaurio, como los mismos criptozoólogos sensatos admiten.
Esto por diversos motivos: los plesiosaurios fueron un grupo de reptiles
acuáticos de gran tamaño (no dinosaurios, de los que se
diferencian por importantes características del esqueleto) que
estaban adaptados a nadar en alta mar con una anatomía que recuerda
a la de las actuales tortugas marinas (cuerpo de contorno hidrodinámico,
cola corta y patas como remos). Su largo cuello reflejaba una adaptación
para cazar peces de banco. Tales peces han desarrollado estrategias
de escape que minimizan la probabilidad de que cualquiera de ellos sea
capturado por un predador. El plesiosaurio se les aproximaba, tal vez
desde abajo, y desde cierta distancia disparaba su cuello serpentino
hacia el medio del banco. Probablemente lo llevara recogido al desplazarse.
La forma más inverosímil de imaginarlo es nadando a flor
del agua, llevando el cuello como un cisne. Y así es precisamente
como afirman haberlo visto los sostenedores de la hipótesis del
plesiosaurio.
Tal imagen está basada en la errónea creencia de que era
un dinosaurio y en que un grupo de auténticos dinosaurios (por
ejemplo, del género Diplodocus o Brachiosaurus), sí se
paseaban por lagos y pantanos con el cuello en alto. Pero el único
parecido entre ambos radicaba en la longitud del cuello, que en los
dinosaurios servía de atalaya para vigilar a los predadores,
o para optimizar su capacidad de forrajear, necesaria para los gigantes
vegetarianos. Y no debía resultarles sencillo llevar el cuello
erguido; hoy sabemos que a las jirafas esto les exige una batería
de adaptaciones circulatorias para mantener constante la presión
sanguínea de los vasos del cerebro. La imagen del monstruo del
lago es el resultado de toda una iconografía impuesta por la
cultura contemporánea; es una de esas imágenes de evocación
casi automática y que tienen mucho de símbolo (Toffler,
1980). Paradójicamente, para que sea verosímil un animal
de tales características, los criptozoólogos han pensado
en una especie desconocida de mamífero marino de cuello largo
(Ley, 1963).
EL NESSIE DEL SUBDESARROLLO
En la Argentina solemos ser bastante amigos de imitar a los
europeos. Si ellos tienen un monstruo del lago, ¿por qué
no nosotros? Y en un abrir y cerrar de ojos, todo un cotolengo de pseudocientíficos
está hablando de los plesiosaurios de los lagos del sur. Para
empezar, estos lagos se formaron en períodos geológicos
muy recientes, millones de años después de que los plesiosaurios
se hubieran extinguido en la mayoría de su área de distribución
(de conceder que alguno hubiera quedado vivo). Es por lo tanto absurdo
pensar que hubieran podido funcionar como el negativo de un Arca de
Noé.
Además, debido a su "juventud" en términos geológicos,
los lagos son oligotróficos. Esto significa que son pobres en
nutrientes, lo que no permite la existencia de poblaciones abundantes
de presas para alimentar a una población autosuficiente de grandes
carnívoros. Incluso si se tratara de animales vegetarianos, tampoco
encontrarían la cantidad necesaria de plantas acuáticas.
Los árboles ribereños tienen muy poco valor nutritivo,
y esto los obligaría a permanecer durante largos períodos
alimentándose fuera del agua, haciéndose visibles. Para
esta periódica oleada de paranoia colectiva, al deseo del monstruo
propio se suman, principalmente, tres factores:
I) Reflotamiento de quimeras que en su momento pudieron haber sido aceptables,
II) Sincretismo con viejos mitos folklóricos y,
III) Testimonios basados en fenómenos naturales mal interpretados.
I) Su principal exponente es la fiebre que se originó en 1922,
cuando -basándose en el testimonio de un comisario yanqui que
seguía los pasos del pistolero Butch Cassidy- las autoridades
del zoo de Buenos Aires enviaron una expedición al lago Epuyén,
que no encontró nada. No resulta inverosímil que todo
el aparato oficial con que se auspició a la expedición
tuviera como objetivo utilizarla para desviar la atención pública
de las horrendas masacres cometidas en la represión de los huelguistas
de Santa Cruz, cuya crónica sirvió de base para el film
"La Patagonia Rebelde". No obstante, podemos dar por descontado
que Clemente Onelli -por entonces director del zoo porteño- actuó
de buena fe, aunque basado en un conocimiento de los plesiosaurios muy
inferior al que tenemos hoy (de hecho, en prestigiosas obras en lengua
alemana se los designaba con una voz que significa literalmente "dragones-cisne").
II) Los mitos a los que hago referencia hablan de un animal en el que
aún creen muchas personas de la zona, incluso de buen nivel cultural.
Se trata del "cuero". El ser en cuestión no se parece
en nada a un plesiosaurio; su característica es ser amorfo, como
un cuero con garras o colmillos en los bordes que se cierra siniestramente
en torno a las incautas presas que se le aproximan y se hunde entonces
hasta el fondo para digerirlas. La base del mito es clarísima.
Hasta el siglo pasado, un vasto conjunto de tribus de lengua mapuche
ocupaba desde el litoral Pacífico chileno hasta el sur de Córdoba
y San Luis. Los mapuches del Pacífico conocían como "cuero"
a una raya (rhinoptera chilensis) similar a la que aquí
llamamos "chucho". La comunicación que había
entre los distintos grupos mapuches era bastante rica y fluida, y el
"cuero" puede reflejar la deformación -con todos los
elementos que proponen Allport y Postman (1953)- de la descripción
de un raro pez conocido por sus parientes trasandinos o por un viajero
ocasional de su pueblo.
III) Los fenómenos naturales que pueden engañar a los
testigos bona fide son:
a) Acumulaciones de vegetación muerta que, en su lenta descomposición,
generan gases. Estos, al cambiar de volumen debido a la temperatura,
modifican su altura de flotación, llevándolos eventualmente
a emerger. Tal fenómeno fue comprobado en un lago noruego sospechado
de albergar monstruos, y en algunos pantanos de Florida (EE.UU.). Una
corriente superficial puede crear la ilusión de que el conglomerado
nada activamente; el largo y esbelto tronco de una lenga puede parecerse
enormemente al cuello de un plesiosaurio. Haciendo una inmersión
en apnea con antiparras en el lago Paimún, observé en
el fondo un gran tronco de formas fantasmagóricas que -debo confesarlo-
por un momento me sobresaltó.
Al repasar una separata de Conozca Más (2), me enteré,
por uno de esos alegatos escépticos que de vez en cuando se filtran
en tales publicaciones, que un experto en plesiosaurios, Charles Greenwood,
creía que una presunta foto de Nessie era exactamente eso: un
tronco depositado en el fondo.
b) Animales conocidos en poses inusuales. Desde muy lejos, la visión
con prismáticos de una familia de huillines (lontra provocax)
puede parecer un montón de jorobas de Nahuelito. Esta explicación
fue esgrimida contra la hipótesis del "monstruo" escocés
por Scott, quien cita a un hermano europeo de nuestro huillín
(Scott, 1966). Digamos de paso que entre los distintos testimonios,
el número de jorobas no suele concordar para ninguno de los dos
leviatanes. Cierta vez, en la Reserva Ecológica de Costanera
Sur (área natural enclavada en la ciudad de Buenos Aires), me
encontraba observando aves con mis prismáticos cuando, sobre
una superficie sin olas y lejos de cualquier objeto que pudiera servir
para comparar tamaños, me encontré con... ¡un dinosaurio!
El lomo fusiforme sobresaliendo del agua, el largo cuello y la cabeza
hundida en el agua. Me pareció divertido y comencé a buscar
elementos de referencia. No tardé en advertir que el animal era
mucho más bajo que los juncos de una orilla cercana. De golpe,
el dinosaurio liliputiense comenzó a andar marcha atrás.
Instantes después reveló ser un simpático coipo
(myocastor coypus), roedor de hábitos acuáticos
que vive en toda Sudamérica. Refuerza aún más la
inverosimilitud de la hipótesis del monstruo el ingente número
de lagos que -se presume- cuentan con criaturas semejantes: Aluminé,
Epuyén, Fagnano, Gutiérrez, Lolog, Paimún, Pueyrredón,
Vintter. Y la lista no es exhaustiva.
Otra corriente sostiene que el animalote no sería un plesiosaurio
ni un cuero sin forma, sino un mamífero arcaico dado por extinto,
el Mylodón, en cuya existencia creyó firmemente
Florentino Ameghino. Es necesario aclarar que quizá estas esperanzas
fueron alimentadas no sólo por testimonios de baqueanos o exploradores
sino también por el hallazgo de un cuero en excelente estado
de conservación en la cueva Última Esperanza, en las cercanías
de la ciudad de Puerto Natales (Chile). Aunque actualmente su supervivencia
en la Patagonia argentina es mucho menos disparatada que la de un plesiosaurio
y merecería prima facie una pizca de crédito, no se parecería
ni remotamente a Nahuelito. Era un animal terrestre de cuello corto
y macizo. Sólo pudo haber buscado el agua para escapar de sus
perseguidores hundiéndose, y nunca emulando a Esther Williams
ante turistas aterrorizados.
Pero no hay que ser cerrado, y en homenaje a la era de Acuario y sus
cultores, yo postulo mi hipótesis: una flotilla de naves alienígenas
que venía de levantar las pirámides de Egipto y se encaminaba
a erigir los moais de la Isla de Pascua, divisó a una familia
de plesiosaurios que -cogoteando ávidamente- les hizo dedo con
la aleta delantera. Los extraterrestres, buenos samaritanos, los levantaron
y como les quedaba de paso los dejaron en los lagos del Sur. ¿Por
qué los reptiles quisieron ir a Bariloche? Porque estaban monstruosamente
aburridos de ir siempre a Mar del Plata.
NOTAS
(1)
Ya se conoció que era un fraude al confesarlo su autor. Ver "Conozca
Más", mayo de 1994, Nº 67, pps. 84-88.
(2) Nº 39, 1991.
REFERENCIAS
-
Allport, G. & Postman, L. (1953) Psicología del rumor. Ed.Psique,
B.A.
- Bauer, H.H.(1987) Society and Scientific Anomalies: Common Knowledge
About the LochNess Monster. Journal of Scientific Exploration. Vol.
1, Nº 1, pps. 54 - 55.
- Ley, Willy (1963) El pez pulmonado, el dodó y el unicornio.
Espasa Calpe, Madrid, pps. 120 - 122.
- Scott, David (1969) "Cerco al Monstruo de Loch Ness", publicado
inicialmente en "Popular Science Monthly" en 1966 y condensado
en "El Asombroso Mundo de la Naturaleza", Selecciones del
Reader's Digest (Iberia) S.A., Madrid.
- Toffler, Alvin (1980), "La tercera ola". Plaza & Janés,
Barcelona. pps. 162-164
Artículo aparecido originalmente en El Ojo Escéptico,
Nº 11, año IV, julio de 1994, pps. 22-27. Reproducido con
expresa autorización del autor.
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