La Nave de los Locos

La Nave de los Locos Nº 24
A LA CAZA DE NAHUELITO
MARIANO MOLDES
(ARGENTINA) - 1994

Una de las tantas fotos falsificadas de Nessie, el monstruito del lago Ness, en EscociaLa hipótesis de que existen animales de gran tamaño, aún no identificados por la sistemática zoológica, en el lago Ness, ha sufrido duros embates que reconocen incluso los creyentes honestos (Bauer, 1987). El conjunto de las descripciones resulta contradictorio; de la pila de fotografías tomadas en 50 años se rescata sólo una (1), confusa, de la cual no ha podido comprobarse que sea fraudulenta, aunque tampoco constituye un documento probatorio; una cacareada filmación resultó ser una embarcación a motor.

No obstante, la hipótesis criptozoológica aún no está totalmente desacreditada debido a que hacer semejante afirmación no es un disparate. El lago es enormemente extenso y profundo y durante mucho tiempo constituyó un brazo de mar, lo que puede apreciarse a simple vista en un mapa de Gran Bretaña.

Lo que sí es un disparate es pretender que tal animal sea un plesiosaurio, como los mismos criptozoólogos sensatos admiten. Esto por diversos motivos: los plesiosaurios fueron un grupo de reptiles acuáticos de gran tamaño (no dinosaurios, de los que se diferencian por importantes características del esqueleto) que estaban adaptados a nadar en alta mar con una anatomía que recuerda a la de las actuales tortugas marinas (cuerpo de contorno hidrodinámico, cola corta y patas como remos). Su largo cuello reflejaba una adaptación para cazar peces de banco. Tales peces han desarrollado estrategias de escape que minimizan la probabilidad de que cualquiera de ellos sea capturado por un predador. El plesiosaurio se les aproximaba, tal vez desde abajo, y desde cierta distancia disparaba su cuello serpentino hacia el medio del banco. Probablemente lo llevara recogido al desplazarse. La forma más inverosímil de imaginarlo es nadando a flor del agua, llevando el cuello como un cisne. Y así es precisamente como afirman haberlo visto los sostenedores de la hipótesis del plesiosaurio.

Tal imagen está basada en la errónea creencia de que era un dinosaurio y en que un grupo de auténticos dinosaurios (por ejemplo, del género Diplodocus o Brachiosaurus), sí se paseaban por lagos y pantanos con el cuello en alto. Pero el único parecido entre ambos radicaba en la longitud del cuello, que en los dinosaurios servía de atalaya para vigilar a los predadores, o para optimizar su capacidad de forrajear, necesaria para los gigantes vegetarianos. Y no debía resultarles sencillo llevar el cuello erguido; hoy sabemos que a las jirafas esto les exige una batería de adaptaciones circulatorias para mantener constante la presión sanguínea de los vasos del cerebro. La imagen del monstruo del lago es el resultado de toda una iconografía impuesta por la cultura contemporánea; es una de esas imágenes de evocación casi automática y que tienen mucho de símbolo (Toffler, 1980). Paradójicamente, para que sea verosímil un animal de tales características, los criptozoólogos han pensado en una especie desconocida de mamífero marino de cuello largo (Ley, 1963).

EL NESSIE DEL SUBDESARROLLO

En la Argentina solemos ser bastante amigos de imitar a los europeos. Si ellos tienen un monstruo del lago, ¿por qué no nosotros? Y en un abrir y cerrar de ojos, todo un cotolengo de pseudocientíficos está hablando de los plesiosaurios de los lagos del sur. Para empezar, estos lagos se formaron en períodos geológicos muy recientes, millones de años después de que los plesiosaurios se hubieran extinguido en la mayoría de su área de distribución (de conceder que alguno hubiera quedado vivo). Es por lo tanto absurdo pensar que hubieran podido funcionar como el negativo de un Arca de Noé.

Además, debido a su "juventud" en términos geológicos, los lagos son oligotróficos. Esto significa que son pobres en nutrientes, lo que no permite la existencia de poblaciones abundantes de presas para alimentar a una población autosuficiente de grandes carnívoros. Incluso si se tratara de animales vegetarianos, tampoco encontrarían la cantidad necesaria de plantas acuáticas. Los árboles ribereños tienen muy poco valor nutritivo, y esto los obligaría a permanecer durante largos períodos alimentándose fuera del agua, haciéndose visibles. Para esta periódica oleada de paranoia colectiva, al deseo del monstruo propio se suman, principalmente, tres factores:

I) Reflotamiento de quimeras que en su momento pudieron haber sido aceptables,
II) Sincretismo con viejos mitos folklóricos y,
III) Testimonios basados en fenómenos naturales mal interpretados.

I) Su principal exponente es la fiebre que se originó en 1922, cuando -basándose en el testimonio de un comisario yanqui que seguía los pasos del pistolero Butch Cassidy- las autoridades del zoo de Buenos Aires enviaron una expedición al lago Epuyén, que no encontró nada. No resulta inverosímil que todo el aparato oficial con que se auspició a la expedición tuviera como objetivo utilizarla para desviar la atención pública de las horrendas masacres cometidas en la represión de los huelguistas de Santa Cruz, cuya crónica sirvió de base para el film "La Patagonia Rebelde". No obstante, podemos dar por descontado que Clemente Onelli -por entonces director del zoo porteño- actuó de buena fe, aunque basado en un conocimiento de los plesiosaurios muy inferior al que tenemos hoy (de hecho, en prestigiosas obras en lengua alemana se los designaba con una voz que significa literalmente "dragones-cisne").

II) Los mitos a los que hago referencia hablan de un animal en el que aún creen muchas personas de la zona, incluso de buen nivel cultural. Se trata del "cuero". El ser en cuestión no se parece en nada a un plesiosaurio; su característica es ser amorfo, como un cuero con garras o colmillos en los bordes que se cierra siniestramente en torno a las incautas presas que se le aproximan y se hunde entonces hasta el fondo para digerirlas. La base del mito es clarísima. Hasta el siglo pasado, un vasto conjunto de tribus de lengua mapuche ocupaba desde el litoral Pacífico chileno hasta el sur de Córdoba y San Luis. Los mapuches del Pacífico conocían como "cuero" a una raya (rhinoptera chilensis) similar a la que aquí llamamos "chucho". La comunicación que había entre los distintos grupos mapuches era bastante rica y fluida, y el "cuero" puede reflejar la deformación -con todos los elementos que proponen Allport y Postman (1953)- de la descripción de un raro pez conocido por sus parientes trasandinos o por un viajero ocasional de su pueblo.

III) Los fenómenos naturales que pueden engañar a los testigos bona fide son:

a) Acumulaciones de vegetación muerta que, en su lenta descomposición, generan gases. Estos, al cambiar de volumen debido a la temperatura, modifican su altura de flotación, llevándolos eventualmente a emerger. Tal fenómeno fue comprobado en un lago noruego sospechado de albergar monstruos, y en algunos pantanos de Florida (EE.UU.). Una corriente superficial puede crear la ilusión de que el conglomerado nada activamente; el largo y esbelto tronco de una lenga puede parecerse enormemente al cuello de un plesiosaurio. Haciendo una inmersión en apnea con antiparras en el lago Paimún, observé en el fondo un gran tronco de formas fantasmagóricas que -debo confesarlo- por un momento me sobresaltó.

Al repasar una separata de Conozca Más (2), me enteré, por uno de esos alegatos escépticos que de vez en cuando se filtran en tales publicaciones, que un experto en plesiosaurios, Charles Greenwood, creía que una presunta foto de Nessie era exactamente eso: un tronco depositado en el fondo.

b) Animales conocidos en poses inusuales. Desde muy lejos, la visión con prismáticos de una familia de huillines (lontra provocax) puede parecer un montón de jorobas de Nahuelito. Esta explicación fue esgrimida contra la hipótesis del "monstruo" escocés por Scott, quien cita a un hermano europeo de nuestro huillín (Scott, 1966). Digamos de paso que entre los distintos testimonios, el número de jorobas no suele concordar para ninguno de los dos leviatanes. Cierta vez, en la Reserva Ecológica de Costanera Sur (área natural enclavada en la ciudad de Buenos Aires), me encontraba observando aves con mis prismáticos cuando, sobre una superficie sin olas y lejos de cualquier objeto que pudiera servir para comparar tamaños, me encontré con... ¡un dinosaurio! El lomo fusiforme sobresaliendo del agua, el largo cuello y la cabeza hundida en el agua. Me pareció divertido y comencé a buscar elementos de referencia. No tardé en advertir que el animal era mucho más bajo que los juncos de una orilla cercana. De golpe, el dinosaurio liliputiense comenzó a andar marcha atrás. Instantes después reveló ser un simpático coipo (myocastor coypus), roedor de hábitos acuáticos que vive en toda Sudamérica. Refuerza aún más la inverosimilitud de la hipótesis del monstruo el ingente número de lagos que -se presume- cuentan con criaturas semejantes: Aluminé, Epuyén, Fagnano, Gutiérrez, Lolog, Paimún, Pueyrredón, Vintter. Y la lista no es exhaustiva.

Otra corriente sostiene que el animalote no sería un plesiosaurio ni un cuero sin forma, sino un mamífero arcaico dado por extinto, el Mylodón, en cuya existencia creyó firmemente Florentino Ameghino. Es necesario aclarar que quizá estas esperanzas fueron alimentadas no sólo por testimonios de baqueanos o exploradores sino también por el hallazgo de un cuero en excelente estado de conservación en la cueva Última Esperanza, en las cercanías de la ciudad de Puerto Natales (Chile). Aunque actualmente su supervivencia en la Patagonia argentina es mucho menos disparatada que la de un plesiosaurio y merecería prima facie una pizca de crédito, no se parecería ni remotamente a Nahuelito. Era un animal terrestre de cuello corto y macizo. Sólo pudo haber buscado el agua para escapar de sus perseguidores hundiéndose, y nunca emulando a Esther Williams ante turistas aterrorizados.

Pero no hay que ser cerrado, y en homenaje a la era de Acuario y sus cultores, yo postulo mi hipótesis: una flotilla de naves alienígenas que venía de levantar las pirámides de Egipto y se encaminaba a erigir los moais de la Isla de Pascua, divisó a una familia de plesiosaurios que -cogoteando ávidamente- les hizo dedo con la aleta delantera. Los extraterrestres, buenos samaritanos, los levantaron y como les quedaba de paso los dejaron en los lagos del Sur. ¿Por qué los reptiles quisieron ir a Bariloche? Porque estaban monstruosamente aburridos de ir siempre a Mar del Plata.

NOTAS

(1) Ya se conoció que era un fraude al confesarlo su autor. Ver "Conozca Más", mayo de 1994, Nº 67, pps. 84-88.
(2) Nº 39, 1991.

REFERENCIAS

- Allport, G. & Postman, L. (1953) Psicología del rumor. Ed.Psique, B.A.
- Bauer, H.H.(1987) Society and Scientific Anomalies: Common Knowledge About the LochNess Monster. Journal of Scientific Exploration. Vol. 1, Nº 1, pps. 54 - 55.
- Ley, Willy (1963) El pez pulmonado, el dodó y el unicornio. Espasa Calpe, Madrid, pps. 120 - 122.
- Scott, David (1969) "Cerco al Monstruo de Loch Ness", publicado inicialmente en "Popular Science Monthly" en 1966 y condensado en "El Asombroso Mundo de la Naturaleza", Selecciones del Reader's Digest (Iberia) S.A., Madrid.
- Toffler, Alvin (1980), "La tercera ola". Plaza & Janés, Barcelona. pps. 162-164

Artículo aparecido originalmente en El Ojo Escéptico, Nº 11, año IV, julio de 1994, pps. 22-27. Reproducido con expresa autorización del autor.

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