Guía
mágica de Santiago / César Parra Cifuentes
Ghost Rider Ediciones / Santiago (Chile) / 2003 /142 páginas
He aquí una crónica de lo extraño, lo bizarro y
lo inesperado. Un viaje a un territorio espantable, precisamente porque
colinda con el nuestro. Nos reconocemos en los lugares descritos, en
los personajes históricos que comparecen, en ciertas épocas
que siguen exigiendo nuestro recuerdo. Era necesario este libro, una
suerte de memorabilia de lo insólito; es que tales recuerdos,
decía, nos reclaman, precisamente en tiempos en que nos estamos
quedando sin lo más venerable del pasado.
¿Y
qué mejor pretexto, para combatir la amnesia sobreviniente del
hoy, que el folklore del “otro mundo” y del ayer, ése
que pulula en calles solitarias y en conversaciones de sobremesa, en
casonas decimonónicas? Necesitábamos algo distinto del
globalizado chupacabras; quizás una dosis de lo que el historiador
Carlo Ginzburg llamaba “historia nocturna”, de lo que no
se cuenta en las historias académicas, pero que circula en la
más inconmovible tradición oral.
César Parra es un (todavía) joven investigador de sucesos
“forteanos”. Fue una de las pocas voces críticas
–si no la única– de la revista Revelación,
demostrando un elogiable interés por ubicar cada relato extraño
en un contexto más amplio que el del sensacionalismo imperante.
Es decir, la labor de Parra nunca ha sido la de un divulgador abracadabrante
de “anomalías”, sino más bien la de un cronista
que sabe tomar distancia del material que ofrece. Como su misión
no es vivir a costa de cuentos escabrosos, nunca deja de señalar
los puntos débiles de un relato, pero tampoco omite el compromiso,
al destacar el carácter atípico de ciertos sucesos.
El libro que comentamos sigue la tónica. Los lectores somos realmente
libres. Como se nos presenta una antología de sucesos paranormales
sin ofender nuestra inteligencia, la credulidad o el escepticismo dejan
de ser esenciales. Lo importante es que algo se mueve bajo la plácida
o violenta superficie de nuestros afanes laborales y cotidianos; y Parra
lo enarbola por el puro placer de contar historias, y sin olvidarse
del humor.
Al
confrontar el texto, no nos tomemos tan en serio las polémicas
sobre la afirmación o refutación de lo paranormal; relajémonos
un rato y conversemos de duendes, fantasmas y aparecidos... pues, ¿quién
no ha disfrutado estremecedoras leyendas y anécdotas, en compañía
de amigos entrañables y buen –o, al menos, abundante- vino?
Quizás sin proponérselo, César Parra ha rendido
un tributo a dos elementos del viejo Santiago que están en peligro
de extinción: el barrio y la tertulia.
La Guía Mágica es, de todos modos, fruto de una labor
a ratos detectivesca. No porque se hagan análisis exhaustivos
sobre ciertos casos famosos (que Parra no hace, por suerte), sino más
bien por evitar que los relatos desaparezcan para siempre en la bruma.
Cabe citar las propias palabras con que el autor se pone manos a la
obra (p. 10): “Mis fuentes han sido, principalmente, los medios
de prensa y entrevistas personales para los hechos recientes; para los
sucesos más antiguos me he respaldado en la casta de grandes
historiadores, memorialistas y cronistas chilenos, que han enriquecido
nuestra memoria colectiva desde mediados del siglo XIX”. Y, en
tal tesitura, destaco la atinada evocación que Parra hace del
olvidado Jorge Délano –precoz cineasta y fundador de la
revista política Topaze–, vinculado con prácticas
paranormales de todo tipo.
Por esas cosas del hígado y los instintos, me detuve largamente
en el acápite dedicado al Estadio Nacional, “nuestro principal
recinto deportivo” y nuestro más vergonzante campo de concentración
después del golpe militar de 1973. Las innumerables leyendas
y testimonios sobre fantasmas y almas en pena en el estadio, manifestándose
por medio de gritos desgarradores, son una excelente metáfora
de la brutalidad y horrores del “más acá”.
Como
las afueras del recinto se llenan de velas encendidas con cada nuevo
aniversario de la asonada, los difuntos disminuyen su actividad, adquiriendo
una paz momentánea. Recordemos que circuló la historia
de que, poco antes de ese fatídico 11 de septiembre, habría
sido visto el fantasma de Balmaceda, recorriendo a caballo las afueras
de Santiago. La sola mención del presidente Balmaceda, suicidado
en la legación argentina, a propósito de una guerra civil
sobrecogedoramente cruenta, es estremecedora.
Los relatos sabrosos se suceden. Como el famoso caso del Poltergeist
de Colina, en que un profesor deprimido termina poniéndose en
manos de un pastor evangélico, proclive a los exorcismos; o del
fantasma de la Artillería, que desvelara al historiador Benjamín
Vicuña Mackenna; o la más conocida “rubia de Kennedy”,
que llegó a inspirar incluso una película. Sin embargo,
Parra ha buscado mezclar la sucesión de anécdotas, leyendas
urbanas y testimonios, con explicaciones teóricas sobre lo paranormal
y sus principales aristas. Cita generosamente a estudiosos de la parapsicología,
desde Scott Rogo hasta Lyall Watson, pasando por consideraciones sobre
las ideas de autores tan heterogéneos y disímiles como
Carl Gustav Jung, John Keel y Bertrand Méheust.
Mención
especial merece un extracto de Joseph Felser, colaborador de la revista
estadounidense The
Anomalist, quien postula que la polémica sobre lo paranormal
es una especie de teatro kabuki, donde escépticos militantes,
creyentes fervorosos y, peor aún, fundamentalistas bíblicos,
asumen posturas histriónicas y generalmente rígidas, escudándose
en máscaras; la identificación con el papel, impediría
cualquier diálogo serio. Es un diagnóstico que Parra comparte
plenamente. Pues debe subrayarse que, pese a ser un convencido de la
realidad de los fenómenos paranormales, Parra se da tiempo para
denunciar a charlatanes y vivales, con la misma fuerza con que discrepa,
por ejemplo, del CSICOP.
La postura de César puede ser discutible, pero es conmovedoramente
honesta; y eso parece ser la mejor característica de cualquiera
que se dedique a un terreno tan resbaladizo como la investigación
paranormal.
De cualquier modo, sea incrédulo o partidario, el lector no se
sentirá defraudado ante tan abigarrada muestra. Santiago tiene
su magia, y comienza la sonajera de tablas al caer la noche. Que todos
sigamos teniendo siempre algo que contar, en esta ciudad hipertrofiada,
feroz y ambigua. Como dijo un escritor reciente, mirando al cerro San
Cristóbal, seguramente después de una velada de juerga:
“Domingo en la mañana, y la ciudad me saluda cínicamente,
con ojos de virgen”.
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