Las
supuestas manifestaciones de la virgen a tres pastorcillos en una villa
portuguesa en 1917
son un hecho aceptado por la iglesia católica. Sin embargo, desde
la década de los 60
investigadores y estudiosos de fenómenos anómalos han
advertido que algunas características
de las apariciones de Fátima son típicas de encuentros
con OVNIS.
Parece
no haber duda de que algo sucedió en Fátima en 1917. Al
escuchar el nombre de dicha localidad portuguesa todos evocamos las
apariciones de la virgen María a tres humildes pastorcillos y
es por eso que hoy ese pueblo es famoso y recibe anualmente a miles
de peregrinos de todo el mundo.
“¿Y qué tienen que ver las apariciones de Fátima
con los Objetos Voladores No Identificados?”, se preguntará
usted. Pero lo cierto es que si examinamos ese caso y lo comparamos
con algunas características de avistamientos modernos de OVNIS,
las semejanzas son notables.
Aquí es preciso aclarar que cuando hablo de “OVNI”
no me refiero a “vehículo extraterrestre”, que es
la acepción con la que la mayoría de la gente relaciona
esa sigla, sino a un fenómeno real que parece estar guiado por
algún tipo de inteligencia o forma de conciencia cuyo origen
–sea cual sea éste– aún nos es desconocido.
Tampoco
es mi intención pasar a llevar las creencias religiosas de nadie
(yo mismo soy católico practicante). Sólo deseo revisar
un episodio mariano clásico desde un punto de vista original
y diferente, que podría arrojar algunas luces sobre aquello que
llamamos “lo divino”.
LA
SEÑORA DE FÁTIMA
Tal como nos relata el historiador, investigador y periodista alemán
Michael Hesemann en su libro “The Fatima secret” (1), el
domingo 13 de mayo de 1917, temprano, Lúcia dos Santos y sus
primos Francisco y Jacinta Marto fueron a misa, como hacían siempre,
tras lo cual partieron a hacer pastar a sus ovejas, porque a eso se
dedicaban a diario.
Lúcia
(no “Lucía”, como la mencionan en algunas publicaciones)
tenía diez años, Francisco estaba a punto de cumplir nueve
y su hermana Jacinta tenía sólo siete. Los tres pertenecían
a familias campesinas, vivían en el pequeño poblado de
Aljustrel, que forma parte de la villa de Fátima, y al igual
que gran parte de la población rural portuguesa de 1917, eran
analfabetos y fervientemente católicos.
Aquel día llevaron a pastar a las ovejas que estaban bajo su
cuidado a un lugar llamado Cova da Íria (literalmente, “la
Cueva de Irene”, antigua santa local), una depresión pastosa
de 450 metros de diámetro, rodeada de montañas y localizada
a 3,2 kilómetros de Fátima.
Poco después de haber terminado su colación del mediodía,
los pastorcillos fueron sorprendidos por un súbito relámpago.
A pesar de que estaba despejado, los niños pensaron que el clima
podría cambiar repentinamente, así es que Lúcia
pensó que sería mejor volver al pueblo. Francisco y Jacinta
estaban listos para seguirla, pero apenas voltearon para comenzar su
camino de regreso, otro relámpago rasgó el cielo. Entonces,
los niños miraron hacia el lugar de donde había provenido
el rayo y se quedaron sobrecogidos por lo que vieron. Allí, a
apenas un metro y medio de distancia, flotaba sobre una pequeña
encina una “señora” vestida completamente de blanco,
“más resplandeciente que el Sol”, como la describió
Lúcia.
Según relataron posteriormente los niños, la señora
aparentaba unos 18 años, medía alrededor de un metro 20
de estatura y tenía ojos oscuros. Sus ropas consistían
en un largo vestido blanco y una capa con capucha que le cubría
la cabeza. Sus manos estaban juntas, como en plegaria, y sostenían
un rosario de brillantes cuentas blancas, terminado en una cruz de plata.
Usaba un largo collar que le llegaba hasta la cintura y del que colgaba
un pendiente redondo.
-
“No tengan miedo. No les voy a hacer daño”, les dijo
la aparición, en portugués.
- “¿De dónde sois?”, le preguntó Lúcia.
- “Soy del Cielo”, respondió la Señora.
- “¿Y qué estáis haciendo en este mundo?”,
volvió a preguntar la niña.
- “Estoy aquí para pedir que vengan a este lugar el decimotercer
día de cada mes durante los próximos seis meses, a esta
misma hora. Entonces les diré quién soy y qué quiero.
Después de eso, vendré una vez más, por séptima
vez”, fue la respuesta de la señora.
A
esto siguió un breve diálogo en el que Lúcia preguntó
si ella y sus pequeños primitos irían al cielo, a lo que
la señora respondió afirmativamente, y también
preguntó si la guerra seguiría durante mucho tiempo más
(recordemos que la Primera Guerra Mundial estaba en curso), a lo que
la aparición contestó que “no podría decírselo
ahora, así como tampoco puedo decir qué es lo que quiero”.
Entonces, la entidad preguntó a los pastorcillos si estaban dispuestos
a ofrecerse a Dios y a aceptar los sufrimientos que Él les enviaría
para ayudar a resarcir los pecados del mundo, a lo que Lúcia
respondió afirmativamente, por ella y por sus compañeritos.
Finalmente,
la Señora les pidió que rezaran el rosario a todos los
días “para terminar la guerra y traer la paz al mundo”.
Entonces comenzó a elevarse lentamente y se dirigió hacia
el este, tras lo cual desapareció cuando estaba muy lejos.
“Cuando
la visión comenzó a desaparecer, (los niños) escucharon
una detonación sorda, ‘como un cohete explotando en la
distancia’ o como una especie de trueno subterráneo que
provenía de la encina... Se quedaron petrificados, mirando en
la dirección hacia donde había ido la Señora. Les
tomó algo de tiempo volver a tomar conciencia del mundo real”,
escribe Hesemann (2).
Lúcia
fue la única de los tres que conversó con la señora.
Jacinta había escuchado el diálogo, pero su hermano Francisco
sólo había visto moverse los labios de la señora,
sin escuchar nada de lo que ella ni Lúcia decían. Todo
el episodio había durado alrededor de diez minutos.
SEGUNDA
Y TERCERA VISITA
Jacinta,
la más pequeña de los videntes, no pudo mantener silencio
y relató lo sucedido a su madre. Ella dudó de la historia
de su hija, a pesar de que ésta fue corroborada por Francisco.
Al poco tiempo el rumor comenzó a esparcirse por el pueblo y
el 13 de junio cerca de 50 lugareños acompañaron a los
niños a Cova da Íria a su segundo encuentro con la señora.
Ella apareció al igual que en la ocasión anterior, flotando
sobre la misma encina luego de que un relámpago señalara
su llegada.
En
aquella oportunidad, la entidad volvió a pedir a los niños
que rezaran el rosario diariamente y además les pidió
que aprendieran a leer y a escribir. También profetizó
la temprana muerte de Francisco y Jacinta. Testigos de este encuentro
dijeron haber escuchado la voz de Lúcia y un “murmullo
misterioso” como respuesta. María dos Santos Carreira,
una lugareña, describió este sonido “como si escuchara
una voz a la distancia, algo como el zumbido de una abeja”, pero
no pudo distinguir palabras (3). Así pasó otro mes, durante
el cual la historia de las apariciones se propagó aún
más y los pequeños videntes tuvieron que enfrentar tanto
el interés de curiosos como los ataques de escépticos.
El
13 de julio de 1917, los tres niños fueron acompañados
por una concurrencia de alrededor de cuatro mil 500 personas (4). Alguien
había colocado un arco de madera con una cruz en él para
marcar el sitio de las apariciones.
Los
pastorcillos llegaron al lugar y comenzaron a rezar el rosario. Al poco
rato Lúcia anunció la llegada de la señora. Manuel
Pedro Marto, el padre de Francisco y Jacinta, recordó haber visto
sólo una pequeña nubecilla gris sobre la encina, pero
al mismo tiempo notó que “el calor había disminuido
y soplaba una suave brisa, algo inusual en pleno verano” y posteriormente
escuchó “un zumbido, pero no pude distinguir palabras”
(5).
Lúcia
se quedó mirando en éxtasis a la señora, en silencio,
a tal punto que Jacinta se impacientó y le dijo “¡Lúcia,
di algo! ¿Que no ves que la señora está aquí
y quiere hablarte?”. Entonces Lúcia se dirigió a
la aparición con la misma frase con la que comenzaba sus peculiares
entrevistas con la entidad: “¿Qué es lo que vuestra
merced desea de mí?”. La señora volvió a
solicitarles que acudieran el día 13 de cada mes y que continuaran
rezando el rosario para traer paz al mundo y el fin de la guerra. Lúcia
recordó que algunos peregrinos le habían pedido que rogara
a la madre de Dios por ayuda y cura.
“Me
gustaría pedirle que nos diga quién es usted y que realice
un milagro para que todos crean que se nos aparece”, le dijo la
niña. “Sigan viniendo todos los meses. En octubre les diré
quién soy y qué quiero y también realizaré
un milagro, de modo que todos quienes lo vean, crean”, contestó
la señora.
Después
de prometer el milagro para octubre, a los niños (por lo que
parece, sólo a Lúcia y Jacinta) les fueron revelados los
que llegaron a ser conocidos como los “tres secretos de Fátima”.
Éste es un tema que por sí solo daría para escribir
un extenso artículo, así que no me referiré a él
en detalle. Sólo diré que el primer secreto fue una visión
del infierno y el segundo, la revelación de que la guerra terminaría,
pero que “si la gente no deja de ofender a Dios, otra guerra más
terrible aún comenzará durante el reinado de (el Papa)
Pío XI” y que para impedir que eso sucediera, ella vendría
a solicitar la consagración de Rusia a su inmaculado corazón,
porque, de otro modo, “Rusia propagará sus errores por
el mundo, comenzando guerras y persiguiendo a la Iglesia” (6).
El
tercer secreto de Fátima estuvo envuelto en el misterio durante
décadas porque fue una de las informaciones más celosamente
guardadas por el Vaticano. Muchas leyendas alarmistas circularon en
torno a él, pero finalmente la santa sede entregó una
versión en 2000, que hablaba del asesinato de un “obispo
vestido de blanco” y de otros dignatarios de la Iglesia. Lúcia
y los miembros del clero con los que compartió el secreto creían
que el “obispo vestido de blanco” era el Papa, y Juan Pablo
II está convencido de que la virgen de Fátima le salvó
la vida durante el atentado que sufrió el miércoles 13
de mayo de 1981 (cuando se cumplían exactamente 64 años
desde la primera aparición de la señora) en la plaza de
San Pedro, en Roma, y que de ese modo cambió su destino.
Pero
volviendo a los eventos del 13 de julio, después de confiar las
tres profecías, la señora se retiró. En ese momento
“escuchamos un fuerte trueno y el pequeño arco de madera,
del que colgaban dos linternas, tembló como si se hubiera producido
un terremoto. Lúcia, que aún estaba de rodillas, brincó
rápidamente, apuntó hacia el cielo y gritó ‘¡Allá
va! ¡Allá va!’”, relató posteriormente
Manuel Marto (7).
EL
SECUESTRO DE LOS VIDENTES
Los
incidentes en Cova da Íria comenzaron a ser publicados en los
periódicos de Portugal, llamando la atención de más
fieles y curiosos, pero también de más escépticos.
Uno de los principales enemigos de las apariciones fue Arturo d’Oliveira
Santos, masón, editor de un periódico republicano local
y alcalde de Vila Nova da Ourém, a cuyo distrito pertenece Fátima.
Tres
días antes de la cuarta aparición, Santos se reunió
con los padres de los videntes y con Lúcia, sin conseguir que
la niña le revelara el tercer secreto. El 13 de agosto en la
mañana acudió al lugar de las apariciones –donde
se habían congregado unas 18 mil personas– (8) y, tras
engañar a los niños, los llevó a Ourém.
Fue por eso que los pequeños faltaron a su cita de agosto.
Mientras
los pastorcillos estaban en Ourém, en Cova da Íria un
trueno, seguido por un relámpago, marcó la llegada de
la señora. Los que estaban más cerca de la encina de las
apariciones se retiraron un poco, asustados, y algunos testigos dijeron
haber visto una pequeña nube, muy blanca y delicada, que se posó
sobre el árbol por un momento, para después elevarse y
desaparecer.
“Cuando
miramos alrededor, todos vimos lo mismo, que volvió a suceder
durante los meses venideros. Nuestros rostros reflejaban los colores
del arcoiris: rosa, rojo y azul. Los árboles parecían
tener brotes en vez de hojas, como si cada hoja se hubiera transformado
en una flor. La tierra brilló con todos los colores, al igual
que las nubes...”, escribió posteriormente María
Carreira (9).
Según
Jacques Vallée, astrónomo, doctor en ciencias de la computación
y uno de los ufólogos más influyentes y respetados, durante
una investigación canónica sobre la aparición,
Manuel Pedro Marto declaró bajo juramento haber visto un “globo
luminoso girando por las nubes”. “Los testigos también
presenciaron la ‘caída de flores’, el famoso fenómeno
de los ‘cabellos de ángel’ tantas veces reportado
luego del paso de un OVNI e interpretado a veces como un efecto de ionización”,
agrega Vallée (10).
Mientras
tanto, los videntes aún se encontraban secuestrados en Ourém.
Cuando se dio cuenta de que los pequeños no le confiarían
su secreto, Santos los llevó de vuelta a Fátima el 15
de agosto. Cuatro días después, mientras hacían
pastar a sus ovejas en un campo conocido como “Valinhos”
(“Vallecitos”), cerca de Aljustrel, a eso de las cuatro
de la tarde, la entidad se les presentó de nuevo, reiterando
que no dejaran de rezar el rosario y confirmando que un “gran
milagro” tendría lugar durante su última aparición.
Según
se supo después, al mismo tiempo que los niños tenían
su cuarto encuentro con la señora en Valinhos, en Aljustrel se
registró un fenómeno atmosférico peculiar, muy
parecido a lo visto en Cova da Íria el 13 de agosto. Algunos
testigos –entre los que se encontraban Theresa dos Santos, hermana
de Lúcia, y su marido– aseguraron que la temperatura disminuyó
notablemente y que el Sol se tornó de varios colores, reflejando
esos espectros en objetos cercanos y en las ropas de quienes presenciaron
el fenómeno.
EL
ENCUENTRO DE SEPTIEMBRE
La
aparición del 13 de septiembre fue una de las más memorables.
Cerca de 30 mil personas (11) coparon los caminos rurales que llevaban
a Fátima para asistir ese día a Cova da Íria. Entre
ellos se encontraban dos sacerdotes que habían acudido con una
gran cuota de escepticismo para comprobar de primera mano qué
estaba sucediendo en el lugar. Hesemann identifica a uno de ellos como
“un alto dignatario de la Iglesia, monseñor Joao Wuaresma”
(12).
Hacia
el mediodía reinaba un silencio que sólo era interrumpido
por los murmullos de oraciones. Pero repentinamente se alzaron voces
de gozo y alabanzas hacia la virgen, mientras muchos apuntaban hacia
cierto punto del cielo despejado, sin ninguna nube.
“De
pronto, para mi gran sorpresa, vi claramente una esfera brillante desplazándose
majestuosamente por los cielos, moviéndose de este a oeste. Mi
amigo (el sacerdote que lo acompañaba) también tuvo la
buena fortuna de ver esta maravillosa e inesperada aparición.
Repentinamente, la esfera desapareció y sólo quedó
una luz muy inusual”, dice “monseñor Wuaresma”,
según Hesemann.
Posteriormente, el testigo advirtió que una niña que estaba
cerca de él aún veía la esfera y dijo que estaba
descendiendo. Durante el encuentro, los pastorcillos volvieron a ver
a la señora en el centro del globo de luz, quien les reiteró
que continuaran rezando el rosario, dijo que Dios estaba complacido
con sus sacrificios y, ante una nueva petición de Lúcia
para que curara a los enfermos, aseguró que sanaría sólo
a algunos. Antes de retirarse, volvió a anunciar un milagro para
octubre y después, de acuerdo al relato de monseñor Wuaresma
citado por Hesemann, otro menor apuntó al cielo, gritando que
la esfera se estaba retirando.
“Los niños habían visto a la misma madre de Dios,
mientras que a nosotros sólo se nos permitió ver el vehículo
que la trajo del cielo”, agrega el prelado (13). Tanto Vallée
como Hesemann consignan que muchos de los presentes fueron testigos
de la caída de “pétalos de rosa”, que desaparecían
apenas llegaban al suelo.
LA
DANZA DEL SOL
La
mañana del 13 de octubre de 1917 no parecía muy promisoria.
Pero a pesar de la llovizna y de las negras nubes que cubrían
el firmamento, entre 50 mil y 70 mil peregrinos llegaron a Fátima
para presenciar el milagro prometido.
A
duras penas, un grupo de creyentes locales abrió paso para que
los niños llegaran hasta la encina de las apariciones. En muchos
había aumentado la incredulidad porque ya era pasado el mediodía
y aún no sucedía nada, cuando Lúcia aseguró
que había visto el relámpago y que la señora venía.
Ante
la maravillosa visión, los tres niños se arrodillaron
y Lúcia preguntó por última vez: “¿Qué
es lo que vuestra merced desea de mí?”. La entidad dijo
que quería que en el lugar se construyera una capilla en su honor,
tras lo cual se identificó como “la señora del Rosario”.
A continuación volvió a pedir a los pastorcillos que siguieran
rezando el rosario todos los días y agregó que la guerra
terminaría y que los soldados volverían pronto a sus casas.
Poco
después, la aparición se elevó lentamente y se
perdió en dirección al Sol. Y fue entonces cuando ocurrió
el fenómeno más recordado de los eventos de Fátima:
la “danza del Sol”, término acuñado por el
sacerdote Joseph Pelletier, autor, precisamente, del libro “El
Sol danzó en Fátima” –uno de los textos más
completos sobre los hechos acaecidos en Cova da Íria–,
en el que se basaron Vallée y Hesemann (aunque este último
no menciona sus fuentes).
Sacerdotes,
laicos, analfabetos, hombres de ciencia, creyentes y escépticos
vieron y describieron al Sol abriéndose paso entre las nubes,
realizando fantásticas evoluciones, cambiando de color y asustando
a los peregrinos. La mayoría de los textos sobre el milagro de
Fátima incluyen el testimonio “autorizado” de un
científico, el profesor Almeida Garrett, catedrático de
la Universidad de Coimbra, quien declaró que poco después
de las 13:30 horas escuchó “gritos provenientes de miles
de personas” y vio que “la muchedumbre se había retirado
de la encina y ahora todos miraban en dirección opuesta, hacia
el cielo”.
“El
Sol, que había estado escondido detrás de las oscuras
nubes, salió y brilló. Miré en la misma dirección
y vi el Sol, claramente definido y radiante, pero no me hirió
los ojos. No estoy de acuerdo con la descripción, que escuché
bastante en Fátima, de que el Sol parecía un disco de
color plateado oscuro. Su color era más intenso, más claro
y más brillante. No se parecía para nada a la Luna en
una noche clara. No era esférico como la Luna y no tenía
el mismo color. Parecía una rueda resplandeciente hecha de madreperla.
Tuve la impresión de que se trataba de un ser vivo”, relata.
“Descripciones
de ‘opaco’, ‘difuso’ o ‘velado’
no se aplican a este disco. (El fenómeno) irradiaba luz y calor
y tenía contornos claramente definidos... El Sol no se quedó
en su lugar, sino que comenzó a dar vueltas a gran velocidad.
De pronto, gritos de terror se elevaron desde la multitud. Parecía
como si el Sol, girando de forma salvaje, se hubiera desprendido del
cielo y se dirigiera hacia la tierra, como si nos fuera a abrasar con
su fuego. Esos fueron momentos terroríficos. Durante este fenómeno
solar, los colores de la atmósfera fueron cambiando”, agrega
el doctor Almeida Garrett, tras lo cual describe cómo los objetos
y personas a su alrededor adquirían tonalidades rojizas, púrpuras,
azules y amarillas, antes de que las cosas volvieran a la normalidad
(14).
Miles
de personas gritaron y lloraron y otros se arrodillaron, confesando
sus pecados a viva voz. Muchos no creyentes se convirtieron. Al cabo
de alrededor de diez minutos todo había terminado. Aún
incrédulos ante lo que habían visto, cientos de personas
notaron que el suelo y sus ropas, hasta hacía sólo un
momento empapados por la lluvia, ahora estaban secos.
De
esa forma, la señora cumplió con el milagro que había
prometido. También se cumplieron sus otras profecías.
La Primera Guerra Mundial terminó al año siguiente, pero
otra peor comenzó en 1939, el mismo año en que murió
el Papa Pío XI.
Pero
las profecías también se cumplieron para los pequeños
videntes. Entre octubre y diciembre de 1918, Francisco y Jacinta contrajeron
la influenza española. El 4 de abril de 1919, Francisco falleció
a la edad de diez años, como consecuencia de una neumonía
severa. Jacinta murió el 20 de febrero de 1920, sin haber alcanzado
a cumplir los diez años. El 12 de septiembre de 1934 los restos
de Francisco y Jacinta fueron enterrados juntos. Se dice que cuando
exhumaron el cuerpo de Jacinta para realizar esta operación,
se comprobó que éste se encontraba incorrupto. Ambos niños
fueron beatificados por el Papa Juan Pablo II en 2000.
Lúcia
eligió la vida contemplativa. El 17 de junio de 1921 entró
al colegio de la orden de santa Dorotea, congregación en la que
fue aceptada el 24 de octubre de 1925. El 13 de mayo de 1948 se unió
a la orden de las monjas Carmelitas y ha vivido enclaustrada en un convento
de Coimbra, al norte de Portugal, la mayor parte de su vida. En ocasiones
ha recibido a altos dignatarios de la Iglesia y en dos o tres oportunidades
ha salido del claustro para reunirse con el Papa durante visitas que
distintos pontífices han realizado al santuario de Fátima.
La
hermana María Lúcia del Inmaculado Corazón, que
fue el nombre que adoptó al entrar en la orden de las monjas
Carmelitas, aún vive en claustro. Hoy tiene 96 años.
FÁTIMA
BAJO LA LUPA UFOLÓGICA
Para
los primeros ufólogos, los 50 y los 60 fueron décadas
movidas, pues durante aquellos años estuvieron muy atareados
reuniendo antecedentes sobre avistamientos de objetos volantes de origen
desconocido –y los esporádicos informes sobre aterrizajes
de los mismos– que estaban haciendo de las suyas, al parecer principalmente
en Europa, Norteamérica y Sudamérica.
Pero
las apariciones de Fátima los inquietaban. Había algo
sospechosamente familiar en los testimonios más detallados de
los testigos de 1917. De ese modo, a fines de los 60 el escritor Paul
Misraki enunció la posibilidad de que la “danza del Sol”
de Fátima hubiera sido obra de un “platillo volante”.
La idea no parece tan descabellada si se toma en cuenta la siguiente
declaración emitida por la Iglesia en octubre de 1930, luego
de 13 años de laboriosa investigación sobre lo acontecido
en Fátima:
“El
fenómeno solar del 13 de octubre de 1917, descrito en la prensa
de la época, fue maravilloso y causó una gran impresión
en aquellos que tuvieron la felicidad de presenciarlo... Este fenómeno,
que no fue registrado por ningún observatorio astronómico
y que por lo tanto no fue natural, fue visto por personas de todas las
categorías y clases sociales, creyentes y no creyentes, periodistas
de los principales periódicos portugueses e incluso por personas
a algunas millas de distancia. Hechos que descartan cualquier explicación
basada en una ilusión colectiva” (15).
Es
decir, la “danza del Sol” fue un fenómeno local,
observado sólo desde Cova da Íria y los pueblos aledaños.
Aquel día el astro rey no se movió desde su lugar en el
espacio.
A
fines de los 70, la doctora Fina d’Armada y el historiador Joaquim
Fernandes, investigadores portugueses, comenzaron a indagar sobre el
asunto y volcaron sus conclusiones en un libro que titularon “Intervençao
Extraterrestre em Fátima”, tomando partido por una interpretación
“extraterrestre” para explicar los eventos de Cova da Íria.
El
desaparecido escritor catalán Antonio Ribera comenta en su libro
“Encuentros con Humanoides” que el principal aporte de Fina
d’Armada al estudio de las apariciones de Fátima es que
ella investigó “de primera mano” y tuvo acceso a
los “archivos Formigao”, dejados por el canónigo
doctor Manuel Formigao, uno de los pocos que logró ganarse la
confianza de los videntes y que el 27 de septiembre de 1917 los interrogó
latamente sobre sus visiones.
A
partir de esa fuente, Fina d’Armada construyó un “retrato-robot”
de la entidad, que no se parece mucho a la imagen “oficial”
de la Señora de Fátima, la cual, según Ribera,
“es obra del imaginero J. Thedim, quien se inspiró en una
imagen de Nossa Senhora da Lapa y no en las descripciones de Lúcia”
(16).
“Entre
los acontecimientos de Fátima se cuentan esferas luminosas, luces
de colores extraños, una sensación de ‘ondas cálidas’,
todas ellas características físicas que comúnmente
se asocian con los OVNIS. Entre ellas se incluye hasta el típico
movimiento de ‘caída de hoja’ del platillo que zigzaguea
en el aire. Sin embargo, también abarcan curaciones y profecías
y la pérdida de la conciencia ordinaria por parte de los testigos...
que es lo que hemos llamado el componente psíquico de los avistamientos
de OVNIS”, afirma Vallée en su análisis del caso
(17).
El
doctor Vallée también nos recuerda que, aunque el encuentro
del 13 de mayo de 1917 fue el primero entre los videntes y la señora,
sus visiones sobrenaturales comenzaron varios meses antes, especialmente
en el caso de Lúcia.
“En
abril de 1915, cuando Lúcia tenía ocho años, se
encontraba recitando el rosario cerca de Fátima cuando vio una
nube blanca transparente y una forma humana. Ese episodio tuvo lugar
una vez más durante ese año y se repitió una tercera
vez en octubre. Pero al año siguiente, en 1916, Lúcia
fue visitada tres veces por el ángel”, escribe Vallée,
quien por segunda vez aborda las apariciones de Fátima en su
libro “Dimensions” (18), el primero de una trilogía
excepcional en la que el científico resume sus investigaciones
y conclusiones obtenidas tras décadas de estudio del fenómeno
OVNI.
La
primera visión de 1916 tuvo lugar durante el primer trimestre
de ese año. Lúcia se cobijaba de la lluvia junto a dos
de sus primos (19) en una cueva del monte Loca do Cabeso. Después
de comer su colación, la lluvia había cesado y los niños
jugaban en la entrada de la cueva, cuando escucharon el rumor de un
viento poderoso –otra constante del comportamiento de los OVNIS,
advierte Vallée– y vieron una luz blanca que se desplazaba
por el valle, sobre la copa de los árboles. Dentro de la luz
había un joven que aparentaba unos 14 ó 15 años,
de admirable belleza, que se acercó a ellos y les dijo: “No
teman. Soy el ángel de la paz. Oren conmigo”, tras lo cual
les enseñó una plegaria que los niños repitieron
una y otra vez, como en trance, hasta quedar exhaustos.
El
segundo encuentro con el ángel ocurrió al mediodía
de una calurosa jornada de verano de 1916. La entidad se les apareció
de pronto, llamándoles la atención y conminándolos
a rezar mucho y a hacer sacrificios en sus vidas diarias.
“Los
niños quedaron paralizados. Sólo cerca del crepúsculo
recuperaron sus sentidos y comenzaron a jugar de nuevo. Como en el caso
anterior, los testigos no quisieron discutir lo sucedido, ni siquiera
entre ellos”, revela Vallée (20). Este efecto de parálisis
es uno de los elementos más característicos –aunque
no necesariamente imprescindible– de los encuentros cercanos con
OVNIS. El ángel se apareció a los niños una vez
más durante el tercer trimestre de 1916. En esa ocasión
les dio la comunión.
Bien.
Tenemos evoluciones de un globo de luz, fuertes estruendos, zumbidos
misteriosos, entidades luminosas, encuentros previos con un “ángel”
y la caída de los fils de la vierge, los “hilos de la virgen”
o “pétalos de rosa” vistos en Fátima, todas
características asociadas con los avistamientos modernos de OVNIS,
como ya se ha dicho. Pero para trazar un paralelo, revisaremos dos casos
en que llovieron filamentos blancos... pero no durante una aparición
de la virgen María, sino después del paso de formaciones
de OVNIS.
“PARADAS
AÉREAS” DE OLORON Y GAILLAC
En
su libro “The truth about flying saucers” (21), el difunto
ingeniero en sonido, matemático y escritor científico
francés Aimé Michel, un verdadero pionero en el estudio
de informes sobre avistamientos de OVNIS, relata dos apariciones de
objetos desconocidos en el sudoeste de Francia, que dejaron a su paso
“hilos de la virgen” o “telarañas”, como
él las llama.
El
primero de estos avistamientos tuvo lugar el 17 de octubre de 1952 en
la ciudad de Oloron a las 12:50 horas. Michel cita el testimonio del
señor Yves Prigent, inspector general de la secundaria de Oloron,
que junto a su familia pudo observar el fenómeno desde la ventana
de su departamento cuando se preparaban para almorzar. Los Prigent dijeron
haber observado un cilindro angosto, aparentemente inclinado en 45 grados,
moviéndose lentamente hacia el sudoeste, a una altura estimada
de dos a tres kilómetros.
“El
objeto era blanco, opaco y muy definido. Una especie de penacho de humo
blanco escapaba de su extremo superior. A cierta distancia frente al
cilindro, alrededor de otros 30 objetos seguían la misma trayectoria.
A ojo desnudo, parecían bolas de humo, pero al observar con pequeños
binoculares pude distinguir una esfera roja central, rodeada de una
especie de anillo amarillo inclinado... Estos ‘platos’ se
movían en par, siguiendo una trayectoria quebrada, que se caracterizaba
en general por rápidos y cortos zigzags. Cuando dos platos se
alejaban uno del otro, se producía un rayo blanco entre ellos,
como un arco eléctrico”, relata Prigent, citado por Michel
(22).
“Todos
estos extraños objetos dejaron una abundante estela, que empezó
a caer al suelo en la medida en que se iba dispersando. Durante varias
horas, montones de ese material estuvieron colgados de los árboles,
del tendido eléctrico y sobre los techos de las casas”,
agrega el testigo.
A
diferencia de Fátima, en que los “pétalos de rosa”
desaparecían al llegar al suelo, en este caso los testigos pudieron
examinar puñados del material. Según Michel, las fibras
se asemejaban a la lana o al nylon. Cuando se las convertía en
una bola, se volvían gelatinosas rápidamente, tras lo
cual se evaporaban en el aire y desaparecían. Otros testigos
citados por Michel dijeron que al prendérseles fuego, las fibras
se quemaban como el papel celofán.
Cerca
de las 17:00 horas del 27 de octubre de 1952, el fenómeno volvió
a repetirse sobre los cielos de Gaillac. A esa hora, la señora
Daures salió a su corral, alertada por el ruidoso alboroto que
estaban haciendo sus gallinas. Al levantar la vista al cielo vio lo
mismo que habían observado los habitantes de Oloron diez días
antes. Inmediatamente, la señora Daures llamó a su hijo
y a tres vecinos. Según Michel, otros habitantes de Gaillac también
se habían percatado del fenómeno, que fue observado por
“cerca de 100 testigos conocidos” (23). Las descripciones
eran casi idénticas a lo visto en Oloron: un cilindro del que
escapaba un penacho de humo, inclinado en 45 grados, viajando lentamente
hacia el sudeste en medio de una veintena de “platos” que
relucían al Sol y volaban de dos en dos en rápidos movimientos
en zigzag.
“La
única diferencia (con lo visto en Oloron) es que en este caso
algunos pares de platos ocasionalmente descendían bastante bajo,
a una altura estimada por los testigos en unos 300 ó 400 metros.
El espectáculo duró cerca de 20 minutos, hasta que el
cigarro y sus platos desaparecieron en el horizonte”, precisa
Michel.
Tras
el paso de los objetos, montones de hilos blancos cayeron sobre Gaillac,
y ese material exhibió las mismas propiedades que el recogido
días antes en Oloron. Finalmente, Michel da cuenta de otros dos
casos muy similares, pero en Estados Unidos. El primero ocurrió
el 22 de octubre de 1954 en Jerome, Ohio, donde un objeto con forma
de cigarro emitió un chorro de “cabellos de ángel”
mientras sobrevolaba la zona, y el segundo tuvo lugar el 27 de octubre
de 1955 en Whitsett, Carolina del Norte, donde varios testigos observaron
grandes cantidades de “cabellos de ángel” cayendo
al mismo tiempo que alrededor de diez objetos que parecían “resplandecientes
bolas de acero” sobrevolaban el área.
LA MUJERCITA DE EL SALTO
Pero
no es necesario bucear por la casuística de otros países
para encontrar episodios con características similares a las
apariciones de Fátima. Existe un caso chileno que, por sus circunstancias
y características, tiene un cierto parecido a las manifestaciones
de Fátima. Ocurrió el domingo 9 de noviembre de 1968 en
el barrio capitalino de El Salto y sus protagonistas fueron las hermanas
Afrodit y Eugenia Lovazzano El-Far, de 12 y 9 años, respectivamente.
Según
lo publicado por “El Mercurio” (24) dos días después
del suceso, a las 23:30 horas del domingo en cuestión, cuando
se encontraban jugando en la puerta de su casa, las pequeñas
vieron de pronto “una gran bola de fuego que venía de los
cerros y que llegaba hasta frente a la puerta de su casa”. La
primera en percatarse del fenómeno fue Afrodit, quien le avisó
a su hermana.
“Estaba
en la puerta de la casa, con la bicicleta, cuando una luz roja se asomó
en el cerro. Era como una estrella incandescente que brillaba con gran
intensidad. Era una luz como gelatinosa que de roja se cambió
en verde claro. Dentro de la bola había una mujercita que tenía
una gran boca, la que movía mucho... No tenía sino esa
boca que nos llamaba y unas orejas puntiagudas, como las de los duendes”,
relató Afrodit a “El Mercurio”.
Recuérdese
que durante la aparición del 13 de septiembre de 1917, la Señora
de Cova da Íria también se presentó en un “globo”
o “esfera de luz”, que fue vista por varios testigos, y
nótese que, al menos durante los primeros encuentros, Francisco
sólo veía moverse los labios de la entidad, sin escuchar
sus palabras, como parece haber ocurrido también en el caso de
El Salto.
Posteriormente,
Afrodit y Eugenia afirmaron que “la mujercita” se acercó
a Afrodit y que cuando la niña quiso huir, fue sujetada “por
una especie de fuerza o ventosa” que le levantó la blusa
y la sostuvo en el aire. Las niñas agregaron que “la fuerza”
las soltó cuando llegaron a la puerta de la cocina, pero Afrodit
quedó con dolor de oídos y en su cintura, donde sufrió
rasguños, además de una afonía que aún la
aquejaba cuando conversó con “El Mercurio”.
El
periódico logró determinar que otra niña de 12
años, Mónica Patricia Lagos, también vio la aparición,
que describió como “una bola de fuego, como ‘una
pompa iluminada’, que se movía para todos lados y (que)
después desapareció como si hubiera estallado”.
Hace 86 años, en Fátima ocurrió algo extraordinario,
sobrenatural, interpretado en términos religiosos. Los casos
OVNI que cito en este artículo son sólo una muestra de
decenas de eventos similares que han ocurrido en todos los rincones
del mundo y en todas las épocas, que comparten muchas de las
características de lo sucedido en Cova da Íria, pero que
no necesariamente han sido interpretados a través de un prisma
religioso.
Al
mismo tiempo, este artículo es un llamado a investigar este tipo
de fenómenos con una mentalidad abierta, sin juicios preconcebidos,
para intentar llegar a comprender a la escurridiza inteligencia que
parece estar detrás de muchas de estas manifestaciones.
NOTAS
(1)
Michael Hesemann, “The Fatima Secret”, Dell Publishing,
Nueva York, 2000.
(2) Ibid, pág. 49.
(3) Ibid, pps. 55-56.
(4) Jacques Vallée, “El Colegio Invisible”, Editorial
Diana, México D.F., primera edición, abril de 1981, pág.
148.
(5) Hesemann, op. cit., pps. 60-61.
(6) Ibid, pps. 62-63.
(7) Ibid, pág. 63.
(8) Vallée, op. cit., pág. 148.
(9) Hesemann, op. cit., pps. 69-70.
(10) Vallée, op. cit., pág. 147.
(11) Ibid, pág. 148.
(12) Hesemann, op. cit., pág. 76.
(13) Ibid, pps. 77-78.
(14) Ibid, pps. 93-95.
(15) Vallée, op. cit., pág. 144.
(16) Antonio Ribera, “Encuentros con Humanoides”, Editorial
Planeta, Barcelona, 1982, pps. 37-39.
(17) Vallée, op. cit., pps. 144-145
(18) Jacques Vallée, “Dimensions”, Ballantine Books,
Nueva York, cuarta edición, julio de 1992, pág. 178
(19) Hesemann identifica a esos niños como Francisco y Jacinta.
Vallée sólo dice que Lúcia se encontraba junto
a “dos de sus primos”. En todo caso, la participación
de Lúcia es incuestionable.
(20) Vallée, op. cit., pág. 179.
(21) Aimé Michel, “The Truth about Flying Saucers”,
Pyramid Books, Nueva York, segunda edición, marzo de 1974.
(22) Michel, op. cit., pps. 153-159.
(23) Ibid.
(24) “Extraña visión de dos niñas causa impresión
en El Salto”, “El Mercurio”, martes 12 de noviembre
de 1968. Mi más sincero agradecimiento a la señora Liliana
Núñez Orellana, una esforzada y honesta investigadora
chilena, que gentilmente me facilitó la información de
prensa sobre este caso.
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