La
situación haría llorar al más plantado. Luego de
años de fomentar la enseñanza científica, como
lo manda la Constitución; luego de décadas de llevar a
cabo múltiples actividades de divulgación científica,
de dar conferencias, escribir en todos los medios, tener programas de
radio y televisión, de construir museos, y tantas otras cosas...
Luego de todo esto, la comunidad científica mexicana no ha logrado
adquirir la más mínima credibilidad.
Al menos eso es lo que puede deducirse de la actitud del Secretario
de la Defensa Nacional, general Clemente Ricardo Vega García,
cuando decidió entregar los videos de unos OVNIS observados por
un avión de la Fuerza Aérea Mexicana en el cielo de Campeche
a Jaime Maussán, el conocido charlatán que se gana la
vida como "experto" en el llamado fenómeno OVNI.
El avión de marras patrullaba el cielo en busca de aviones de
contrabandistas. Para ello contaba con un radar y una cámara
infrarroja, capaz de detectar objetos por el calor que despiden. Los
objetos voladores no identificados que descubrieron en el radar, pero
que permanecían invisibles, aparecían en la cámara
infrarroja como bolas luminosas. Se movían al unísono
y, al parecer, comenzaron a seguir a la aeronave mexicana.
Suena intrigante, en efecto. Una persona curiosa y honesta pensaría
que hay buenas razones para investigar más, y quizá tendría
razón. Pero a partir de ahí, la historia se tuerce por
el camino del desastre. La Secretaría de la Defensa Nacional
(Sedena) decide entregar el material a Maussán con el fin de
que lo haga público: strike one. Maussán echa las campanas
al vuelo (como ya lo ha hecho en tantas ocasiones, muchas de ellas comprobadas
fraudes en mayor o menos grado), y se refiere a la decisión de
la Sedena como algo histórico, único en la historia mundial:
un gobierno que oficialmente reconoce la existencia del fenómeno
OVNI. El ridículo internacional, nada menos.
Y desde luego, cuando Maussán dice "ovni", no se refiere
a que no sabe de qué se trata: él está seguro de
que son naves extraterrestres. Platillos voladores, pues. Y aprovecha
el espaldarazo que ha recibido su credibilidad para asegurar que ya
no es posible negar que los extraterrestres nos visitan.
Los medios de comunicación, sobre todo los de Televisa, empresa
donde trabaja Maussán, destacan la nota en primera plana (aunque
hay que decir que la mayoría de los medios presentaron los hechos
sin mostrar que creían que efectivamente se tratara de extraterrestres...
quizá no todo está perdido). De este modo, el público
general recibe un mensaje claro: los marcianos llegaron ya, y el ejército
tiene pruebas. Strike two para la cultura científica de nuestro
pueblo.
Pero ahí no acaba todo: en entrevista, el general Vega García
afirma que si no le dio el video a verdaderos científicos es
porque ¡no los conoce! Strike three. Existen astrónomos
en la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México) y
otras instituciones, especialistas en fenómenos atmosféricos
y otros que podrían haber ayudado a interpretar lo observado
por los asustados pilotos caza-narcos.
Al afirmar que no los conoce, el general no sólo reconoció
públicamente que es un ignorante (y un irresponsable, pues ¿se
imagina usted qué haría en caso de una emergencia militar
de otro tipo si no tiene al menos la cultura indispensable para saber
que el Ejército, en caso necesario, puede recurrir a la comunidad
científica nacional para obtener asesoría confiable?).
Implicó también que las fuerzas armadas del país
no reconocen la existencia y la calidad de los científicos mexicanos.
Y de paso, les negó credibilidad.
En una encuesta reciente, el Ejército quedó en segundo
lugar entre las instituciones más confiables para el pueblo mexicano,
sólo después de la iglesia (la católica, claro).
Hoy esa institución muestra que no reconoce la capacidad de los
científicos de la UNAM, y en general del país, y al mismo
tiempo que sí reconoce y respeta la autoridad de un charlatán
como Maussán. ¿Qué efecto tendrá este golpe
en la credibilidad de los científicos ante la opinión
pública mexicana?
Desde
luego, la cosa no quedó así. La comunidad científica
de la UNAM organizó una mesa redonda a la que asistieron los
medios, y en ella se aclaró la situación. Se mostró
que la Sedena debió haber recurrido a los científicos,
y se propusieron explicaciones sensatas al fenómeno observado
(centellas o "rayos bola", un fenómeno relativamente
poco estudiado, aunque hay quien afirma que se trataba de aviones caza
estadounidenses). Y más recientemente, un grupo de astrónomos,
divulgadores y científicos de todo tipo lanzaron un manifiesto
para protestar por los hechos. Pero el alcance que estas medidas tengan
no es comparable con el golpe publicitario que la Sedena le ofreció
en bandeja de plata a un seudocientífico apoyado por el aparato
mediático más poderoso del país.
Al menos, como dice un amigo cuyos argumentos he citado libremente en
este texto, la UNAM protestó, pero ¿dónde está
la protesta de la Secretaría de Educación Pública?
¿La del Conacyt, la Academia Mexicana de Ciencias, el Consejo
Asesor de Ciencias de la Presidencia? Y como dice otro amigo, el Ejército
no se manda solo: el jefe supremo de las fuerzas armadas es el Presidente
de la República. ¿Cuál es su posición al
respecto? ¿O será que todo, como afirman los que saben,
fue sólo un golpe mediático para desviar la atención
del público y los medios de los desoladores escándalos
políticos que ensombrecen el panorama nacional? "Yo no me
presto a eso", afirmó indignado el general Vega cuando se
le mencionó la hipótesis, pero no es fácil encontrar
otra explicación.
Lo que sí es evidente es que la comunidad científica como
un todo, incluyendo a investi-gadores, funcionarios, educadores y comuni-cadores
de la ciencia, tendremos que redoblar esfuerzos si queremos hacer un
"control de daños" ante el golpe que la Secretaría
de la Defensa le ha propinado a la imagen pública de la ciencia
en México. Ni modo, así es nuestro país. Ahora
sólo nos queda seguir trabajando.
Martín
Bonfil es divulgador científico en la UNAM. Su columna "La
ciencia por gusto" aparece los martes en el periódico “Milenio”.
Este artículo fue publicado en “Humanidades. Un periódico
para la universidad”, México, D.F., 2 de junio de 2004.
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