Águilas
de fuego / Jorge Anfruns Dumont
Editorial El Triunfo/ Santiago (Chile) / 2004 /124 páginas
El
periodista navarro Juan José Benítez, exitoso divulgador
de lo insólito, poseedor de un estilo simple pero vendedor (muy
vendedor, sin duda), ha hecho escuela en toda Iberoamérica con
sus innumerables libros. Este de Anfruns, que ahora comentamos, es una
muestra más de la irresistible influencia beniteziana.
La
estructura básica es común: se desarrolla un tema ufológico
(o de implicaciones ufológicas) y se hacen afirmaciones tremebundas,
en despliegue autobiográfico. Reflexiones, comentarios, impresiones;
¡las andanzas de un investigador OVNI! Claro, se pretende que
el autor trasciende tal cliché; que atisba realidades y misterios
de la Historia (con mayúsculas), sobre todo de la Criptohistoria;
y el investigador de lo extraño, entre viajes y conversaciones,
va descubriendo las claves ocultas, como guiado por poderes invisibles,
en un recorrido entre anecdótico e iniciático.
¿Ficción?
¿Realidad? Hay cierta condescendencia a lo largo de la obra,
un tono general de perdonavidas, una especie de mensaje al lector: “si
tomas esto literalmente y lo declaras falso o absurdo... pues no entendiste
nada. Si te lo crees tal cual, eres un ingenuo y... tampoco entendiste”.
Pero nosotros tenemos la obligación de no entrar en este juego
y tomar el toro por las astas, lo que equivale a decir que seremos consecuentes
con lo que Anfruns afirma y no dejaremos que se nos responda con paradojas
(“puede ser... o no ser, siendo”), o que se aluda a un sentido
alegórico del texto (“dije esto... pero también
insinué aquello”; un sentido más vasto: ¡¡llevamos
dos mil años interpretando alegorías y jugándonos
la vida de ultratumba en ello!!). No se nos enrostrará insensibilidad
ante las metáforas (“el que lee, entienda”). No.
En
la presentación, Héctor Antonio Piccó se permite
celebrar estas ambigüedades: “Hay en esta ¿novela?
de todo y de todas las cosas. En ella... ¿dónde están
los límites de la realidad y de la ficción? Y también
¿es deber del escritor señalar a qué genero literario
ha echado mano para dirigirse a sus posibles lectores” (p. 7).
Creemos que, tratándose de los Anfruns y los Benítez (no
hablamos de Asimov, Lovecraft y Borges, precisamente),
aclarar de entrada lo que ofrecen es un imperativo moral, pues este
estilo seudo-novelístico les permite mantenerse al abrigo de
la crítica.
Ya
hay un precedente con los cuentos de Benítez sobre su Caballo
de Troya y su plagio al libro de Urantia: “Los críticos
no entienden... Yo nunca dije que fuera cierto lo que me revelaron.
Tampoco dije que fuera falso que me lo revelaron... aunque no lo niego
tampoco, pues, ¿cómo podría negar lo que no he
afirmado, aunque puede que lo haya afirmado sin negarlo?”. Y se
detienen los batiburrillos pero no las cajas registradoras. Total, Ricky
B. es un prodigio y la vida demasiado breve como para desaprovechar
las oportunidades que otorga.
Admitámoslo:
es una astuta estrategia para seguir rizando el rizo, sugiriendo misterios
sin responsabilizarse por ello. Es el precio de ser “investigadores”
y no genuinos novelistas. Ante la crítica, ¡novela! Ante
los seguidores entusiastas, ¡crónica de hechos verídicos!
¡Contrahistoria! ¡Los avatares del Gobierno Secreto del
Mundo y de la Central Internacional de Fuerzas Telepáticas! Pero
estamos dando vueltas alrededor del libro y, no por ser de águilas,
estamos forzados a seguir planeando. Bajemos por el contenido.
La
obra se inserta en lo más característico del género
ufológico-conspiranoico-beniteziano. La doctora Vain, una científica
suiza que estuvo vinculada hace 40 años a un proyecto de detección
de radiaciones cósmicas de la Universidad de Chile, en el Observatorio
El Infiernillo (sí, el mismo de la famosa y borrosa fotografía
de un OVNI), es el centro del relato. Pues bien, la señora Vain
se habría recluido voluntariamente en un asilo de ancianos, fingiendo
padecer el mal de Alzheimer.
Ya se podrá imaginar el lector las razones de este ostracismo
social autoimpuesto: descubrimientos sensacionales sobre el destino
de nuestra civilización, mensajes de los extraterrestres, OVNIS...
Ella, para protegerse de los que querían silenciarla, asume el
rol de una alienada. Y desaparece de la vida “normal”. Mucho
después Anfruns, luego de ciertas averiguaciones, logra ubicarla,
sometiéndola a varias entrevistas.
La
historia es tan rocambolesca que cuesta resumirla, pero puede sintetizarse
así: un OVNI sobrevuela el Infiernillo; envía mensajes
cifrados y los científicos del Observatorio se ponen manos a
la obra. La doctora Vain afirma: “Simplemente Carlos (Fonseca)
encontró el código de comunicación que empleaba
el artefacto volador no identificado que merodeaba en el Infiernillo
y grabó la frecuencia de ‘aquellas voces’. La grabación
obtenida fue llevada a Estados Unidos, ahí fue decodificada arrojando
un idioma cuya lengua matriz es el maya” (p. 110).
Como
habría dicho nuestro amigo Vicente-Juan Ballester Olmos: típico...
tópico. Cuando se le inquiere sobre el contenido, ella agrega:
“Existe otro orden de cosas allá afuera y ese precepto
no acepta especies involucionadas” (ídem). Bueno, después
se suspendieron los viajes a la Luna (?), se puso fin a la guerra de
Vietnam (???) y se sentaron algunas bases para el Nuevo Orden Mundial.
Y todo a consecuencia de los sensacionales sucesos del Infiernillo.
Es lo que la señora Vain dice y lo que Anfruns avala.
El
libro es un verdadero festival de conspiranoia, pero de aquella más
previsible, de la menos elegante, de la que es más cautiva de
todos los lugares comunes al uso. Nada nuevo surge de las declaraciones
de la señora Vain, pese a la constante insinuación de
su bombástica singularidad, de que los arcanos de la Historia
son por fin convocados en ella. Pinceladas de cosas entrevistas en “El
oro de los dioses” de Erich von Däniken (aunque se le juzgue
con dureza por boca de la entrevistada), de las andanzas de Nicolai
Roerich y Ferdinand Ossendowsky, todo ello mezclado con aderezos ufológicos,
de manera poco equilibrada y, por lo mismo, nada convincente.
El
texto carece de las virtudes innegables de otros que han tocado los
mismos o parecidos temas. No es por mezquindad... pero todo hay que
decirlo: Anfruns no tiene la calidad literaria de Miguel Serrano (aunque
me condenen los gendarmes de la “corrección política”),
ni la contundente erudición heterodoxa de Juan García
Atienza, ni la claridad expositiva de Enrique de Vicente, ni la prosa
culta de Abel Posse. Queda dicho entonces que el resultado es, una vez
más, bastante discreto. Pues si bien Anfruns ha cambiado su apellido
–ahora se ha agregado un acento, así que habrá que
decirle en lo sucesivo “Anfrúns” (?)– no varía
su estilo inconfundible. Ha mejorado, por cierto: “Águilas
de fuego” es mejor que Nwobniwla (véase el N° 2 de
La Nave de los Locos); aunque tratándose de esta especie de producciones
tal aserto no significa mucho. Acentos aparte, no hay cambios reales
en el estilo ni en la metodología. ¿Ficción? ¿Realidad?
Entre nos: ficciones que se pretenden reales.
Y,
a propósito de Nwobniwla, resulta sintomático que Anfruns
se tope tan frecuentemente con revelaciones exclusivas sobre el origen
y destino de la especie humana. En tal sentido, el ovnílogo chileno
no le va en zaga a Benítez. En el hallazgo de maravillas no hay
límite que aguante: todo, absolutamente todo, se aprovecha en
el menú y nada se desperdicia. Pues, ¿con qué revelación
nos quedamos? ¿Con la de Nwobniwla o con la de Vain? ¿O
son complementarias? Entonces, ¿todo vale?
Cualquier
lector que no respire la atmósfera de la ufología mediática
podría con razón preguntarse: ¿por qué debemos
creer en una historia tan increíble y, a la vez, tan previsible
en sus escapatorias, en sus hipérboles y sus maniobras evasivas?
Ya sabemos: se le sermoneará con lo de la “mente abierta”,
con lo de pensar en nuevas posibilidades, con que la información
está ahí (¿afuera?), esperando ser tomada por los
esforzados investigadores, etcétera. Pero con eso de probar lo
que se afirma, nada. Para qué ser tan superficiales si estos
cuasinovelistas nos están revelando los misterios del Universo.
Suponiendo que nos estén revelando algo. Cabe también
la posibilidad de que la sra. Vain esté, digamos, equivocada...
o con su salud mental resentida. Quizás está exagerando;
acaso bromea y le gasta bromas a Anfruns. Acaso Anfruns bromea con nosotros.
¡Mente abierta, muchachos! ¿No se trataba de estar abierto
a todas las posibilidades?
Página
96: “¿Qué pasaría si la muñecopsia
de Santilli, (...) fuese una realidad no aceptada por el Colegio de
Científicos del mundo global?”. Si el autor se toma la
libertad de hacer estas divagaciones, también nosotros podemos
hacer una pregunta más radical aún: ¿qué
pasaría si esta seudo-literatura tuviera que asumir una mínima
responsabilidad por todas las maravillas que sugiere, por cada aseveración
alucinante, por cada enunciación, profecía y sentencia
lanzada gratuitamente? ¿Por cada extraterrestre infiltrado, hombre
de negro, conspiración gubernamental, ciudad perdida, comité
oculto de científicos y personaje misterioso descrito o denunciado?
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