La Nave de los Locos

La Nave de los Locos Nº 29
Libros Acrobat ReaderÁGUILAS DE FUEGO
SERGIO SÁNCHEZ
(CHILE) - 2004

Águilas de fuegoÁguilas de fuego / Jorge Anfruns Dumont
Editorial El Triunfo/ Santiago (Chile) / 2004 /124 páginas

El periodista navarro Juan José Benítez, exitoso divulgador de lo insólito, poseedor de un estilo simple pero vendedor (muy vendedor, sin duda), ha hecho escuela en toda Iberoamérica con sus innumerables libros. Este de Anfruns, que ahora comentamos, es una muestra más de la irresistible influencia beniteziana.

La estructura básica es común: se desarrolla un tema ufológico (o de implicaciones ufológicas) y se hacen afirmaciones tremebundas, en despliegue autobiográfico. Reflexiones, comentarios, impresiones; ¡las andanzas de un investigador OVNI! Claro, se pretende que el autor trasciende tal cliché; que atisba realidades y misterios de la Historia (con mayúsculas), sobre todo de la Criptohistoria; y el investigador de lo extraño, entre viajes y conversaciones, va descubriendo las claves ocultas, como guiado por poderes invisibles, en un recorrido entre anecdótico e iniciático.

¿Ficción? ¿Realidad? Hay cierta condescendencia a lo largo de la obra, un tono general de perdonavidas, una especie de mensaje al lector: “si tomas esto literalmente y lo declaras falso o absurdo... pues no entendiste nada. Si te lo crees tal cual, eres un ingenuo y... tampoco entendiste”. Pero nosotros tenemos la obligación de no entrar en este juego y tomar el toro por las astas, lo que equivale a decir que seremos consecuentes con lo que Anfruns afirma y no dejaremos que se nos responda con paradojas (“puede ser... o no ser, siendo”), o que se aluda a un sentido alegórico del texto (“dije esto... pero también insinué aquello”; un sentido más vasto: ¡¡llevamos dos mil años interpretando alegorías y jugándonos la vida de ultratumba en ello!!). No se nos enrostrará insensibilidad ante las metáforas (“el que lee, entienda”). No.

En la presentación, Héctor Antonio Piccó se permite celebrar estas ambigüedades: “Hay en esta ¿novela? de todo y de todas las cosas. En ella... ¿dónde están los límites de la realidad y de la ficción? Y también ¿es deber del escritor señalar a qué genero literario ha echado mano para dirigirse a sus posibles lectores” (p. 7). Creemos que, tratándose de los Anfruns y los Benítez (no hablamos de Asimov, Lovecraft y Borges, precisamente), aclarar de entrada lo que ofrecen es un imperativo moral, pues este estilo seudo-novelístico les permite mantenerse al abrigo de la crítica.

Ya hay un precedente con los cuentos de Benítez sobre su Caballo de Troya y su plagio al libro de Urantia: “Los críticos no entienden... Yo nunca dije que fuera cierto lo que me revelaron. Tampoco dije que fuera falso que me lo revelaron... aunque no lo niego tampoco, pues, ¿cómo podría negar lo que no he afirmado, aunque puede que lo haya afirmado sin negarlo?”. Y se detienen los batiburrillos pero no las cajas registradoras. Total, Ricky B. es un prodigio y la vida demasiado breve como para desaprovechar las oportunidades que otorga.

Admitámoslo: es una astuta estrategia para seguir rizando el rizo, sugiriendo misterios sin responsabilizarse por ello. Es el precio de ser “investigadores” y no genuinos novelistas. Ante la crítica, ¡novela! Ante los seguidores entusiastas, ¡crónica de hechos verídicos! ¡Contrahistoria! ¡Los avatares del Gobierno Secreto del Mundo y de la Central Internacional de Fuerzas Telepáticas! Pero estamos dando vueltas alrededor del libro y, no por ser de águilas, estamos forzados a seguir planeando. Bajemos por el contenido.

La obra se inserta en lo más característico del género ufológico-conspiranoico-beniteziano. La doctora Vain, una científica suiza que estuvo vinculada hace 40 años a un proyecto de detección de radiaciones cósmicas de la Universidad de Chile, en el Observatorio El Infiernillo (sí, el mismo de la famosa y borrosa fotografía de un OVNI), es el centro del relato. Pues bien, la señora Vain se habría recluido voluntariamente en un asilo de ancianos, fingiendo padecer el mal de Alzheimer.

Ya se podrá imaginar el lector las razones de este ostracismo social autoimpuesto: descubrimientos sensacionales sobre el destino de nuestra civilización, mensajes de los extraterrestres, OVNIS... Ella, para protegerse de los que querían silenciarla, asume el rol de una alienada. Y desaparece de la vida “normal”. Mucho después Anfruns, luego de ciertas averiguaciones, logra ubicarla, sometiéndola a varias entrevistas.

La historia es tan rocambolesca que cuesta resumirla, pero puede sintetizarse así: un OVNI sobrevuela el Infiernillo; envía mensajes cifrados y los científicos del Observatorio se ponen manos a la obra. La doctora Vain afirma: “Simplemente Carlos (Fonseca) encontró el código de comunicación que empleaba el artefacto volador no identificado que merodeaba en el Infiernillo y grabó la frecuencia de ‘aquellas voces’. La grabación obtenida fue llevada a Estados Unidos, ahí fue decodificada arrojando un idioma cuya lengua matriz es el maya” (p. 110).

Como habría dicho nuestro amigo Vicente-Juan Ballester Olmos: típico... tópico. Cuando se le inquiere sobre el contenido, ella agrega: “Existe otro orden de cosas allá afuera y ese precepto no acepta especies involucionadas” (ídem). Bueno, después se suspendieron los viajes a la Luna (?), se puso fin a la guerra de Vietnam (???) y se sentaron algunas bases para el Nuevo Orden Mundial. Y todo a consecuencia de los sensacionales sucesos del Infiernillo. Es lo que la señora Vain dice y lo que Anfruns avala.

El libro es un verdadero festival de conspiranoia, pero de aquella más previsible, de la menos elegante, de la que es más cautiva de todos los lugares comunes al uso. Nada nuevo surge de las declaraciones de la señora Vain, pese a la constante insinuación de su bombástica singularidad, de que los arcanos de la Historia son por fin convocados en ella. Pinceladas de cosas entrevistas en “El oro de los dioses” de Erich von Däniken (aunque se le juzgue con dureza por boca de la entrevistada), de las andanzas de Nicolai Roerich y Ferdinand Ossendowsky, todo ello mezclado con aderezos ufológicos, de manera poco equilibrada y, por lo mismo, nada convincente.

El texto carece de las virtudes innegables de otros que han tocado los mismos o parecidos temas. No es por mezquindad... pero todo hay que decirlo: Anfruns no tiene la calidad literaria de Miguel Serrano (aunque me condenen los gendarmes de la “corrección política”), ni la contundente erudición heterodoxa de Juan García Atienza, ni la claridad expositiva de Enrique de Vicente, ni la prosa culta de Abel Posse. Queda dicho entonces que el resultado es, una vez más, bastante discreto. Pues si bien Anfruns ha cambiado su apellido –ahora se ha agregado un acento, así que habrá que decirle en lo sucesivo “Anfrúns” (?)– no varía su estilo inconfundible. Ha mejorado, por cierto: “Águilas de fuego” es mejor que Nwobniwla (véase el N° 2 de La Nave de los Locos); aunque tratándose de esta especie de producciones tal aserto no significa mucho. Acentos aparte, no hay cambios reales en el estilo ni en la metodología. ¿Ficción? ¿Realidad? Entre nos: ficciones que se pretenden reales.

Y, a propósito de Nwobniwla, resulta sintomático que Anfruns se tope tan frecuentemente con revelaciones exclusivas sobre el origen y destino de la especie humana. En tal sentido, el ovnílogo chileno no le va en zaga a Benítez. En el hallazgo de maravillas no hay límite que aguante: todo, absolutamente todo, se aprovecha en el menú y nada se desperdicia. Pues, ¿con qué revelación nos quedamos? ¿Con la de Nwobniwla o con la de Vain? ¿O son complementarias? Entonces, ¿todo vale?

Cualquier lector que no respire la atmósfera de la ufología mediática podría con razón preguntarse: ¿por qué debemos creer en una historia tan increíble y, a la vez, tan previsible en sus escapatorias, en sus hipérboles y sus maniobras evasivas? Ya sabemos: se le sermoneará con lo de la “mente abierta”, con lo de pensar en nuevas posibilidades, con que la información está ahí (¿afuera?), esperando ser tomada por los esforzados investigadores, etcétera. Pero con eso de probar lo que se afirma, nada. Para qué ser tan superficiales si estos cuasinovelistas nos están revelando los misterios del Universo. Suponiendo que nos estén revelando algo. Cabe también la posibilidad de que la sra. Vain esté, digamos, equivocada... o con su salud mental resentida. Quizás está exagerando; acaso bromea y le gasta bromas a Anfruns. Acaso Anfruns bromea con nosotros. ¡Mente abierta, muchachos! ¿No se trataba de estar abierto a todas las posibilidades?

Página 96: “¿Qué pasaría si la muñecopsia de Santilli, (...) fuese una realidad no aceptada por el Colegio de Científicos del mundo global?”. Si el autor se toma la libertad de hacer estas divagaciones, también nosotros podemos hacer una pregunta más radical aún: ¿qué pasaría si esta seudo-literatura tuviera que asumir una mínima responsabilidad por todas las maravillas que sugiere, por cada aseveración alucinante, por cada enunciación, profecía y sentencia lanzada gratuitamente? ¿Por cada extraterrestre infiltrado, hombre de negro, conspiración gubernamental, ciudad perdida, comité oculto de científicos y personaje misterioso descrito o denunciado?

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