La Nave de los Locos

La Nave de los Locos Nº 29
EDITORIAL
LA NAVE DE LOS LOCOS

Ha sido un año curioso. No estuvo “Toy”, pero sí un supuesto ET paseándose por el Parque Forestal, el que puso en evidencia la metodología endeble de ciertos personajes de la subcultura ufológica. Una vez más los porfiados hechos dieron la razón a nuestras reticencias. Ahora, ¿qué podemos esperar? ¿Un nuevo marcianito botado a la vera del camino? ¿Asistiremos a las siguientes variaciones del Eterno Retorno?

A propósito, con los contactados se traspasa una frontera sensible del mundo ovnístico y se llega a una zona donde lo inverosímil alcanza importantes niveles de estridencia. Este navío aceptó el riesgo y prosigue, impertérrito, su viaje al corazón mismo de ese mundo, adentrándose cada vez más en tales territorios ignotos.

Ahora nos toca apretar las clavijas en el caso de Billy Meier, permanentemente reivindicado por los más entusiastas y tan frágil (por decirlo de algún modo) en lo que concierne a la coherencia de la historia. No pretendemos convencer a sus tozudos defensores pero sí, quizás, hacerlos pensar con un poco de sentido crítico. Quién sabe...

Ofrecemos también una esperada y necesaria desmitificación del famoso caso del mexicano Carlos Díaz, autor de varias ruedas de carreta con las que muchos siguen comulgando. Y, para cerrar el dossier de contactismo por el momento, nuevas reflexiones sobre los raelianos, acaso el grupo contactista más boyante y vistoso de la actualidad.

Continuamos, además, con el caso de Isla Trinidad y rematamos con los “garadiávolos”, sin perjuicio de nuestras habituales recensiones bibliográficas.

Como se ve, La Nave goza de buena salud y ofrece un variado menú primaveral para sus pacientes lectores. Estos son, por supuesto, nuestra verdadera razón de ser; de hecho, la necesidad que muchos tienen de leer medios críticos, de encontrar una voz disonante, es lo que nos ha mantenido con el norte claro, pese a tantas incomprensiones y a tantos motivos de genuino desfallecimiento (partiendo por los económicos). Nuestra recompensa es la convicción de estar ocupando un espacio que, de no ser por La Nave, es muy probable que siguiera vacante. Elocuente razón para que este modesto (o molesto, según las perspectivas) pero orgulloso navío siga su insólita –e inesperadamente prolongada– andadura.

Los directores

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