Gracias
a una gentil invitación de Roderick Bowen y Raúl Núñez,
ambos de la delegación chilena del Instituto de Investigación
y de Estudios Exobiológicos (IIEE) de España, tuve la
posibilidad de intervenir en el homenaje que en el Centro Catalán
de Santiago se hizo al desaparecido ufólogo español Antonio
Ribera, el pasado 9 de octubre.
Abrió
la jornada don Sigfrido Grimau, presidente del Centro, quien destacó
algunos aspectos de la vida de Ribera y su vinculación con la
idiosincracia catalana. Las ponencias que siguieron a la presentación
fueron variadas. Raúl Núñez compartió con
el público diversas anécdotas vividas con Ribera, al que
se mantuvo unido por una amistad que se fortaleció a lo largo
de los años.
Quien
esto escribe profundizó los conceptos vertidos en el artículo
“Testimonio de un lector agradecido” (N° 12 de La
Nave de los Locos), subrayando la importancia de Ribera como
divulgador de lo más interesante de la ufología clásica
(la mítica “Flying Saucer Review” y los
autores congregados en torno a ella). Alberto Urquiza, presidente del
Grupo de Estudios Ovnilógicos (GEO), se refirió a la investigación
OVNI en Chile y al papel de los ufólogos en los medios, ofreciendo
un balance que, dicho sea de paso, distamos bastante de compartir...
Roderick
Bowen, a su vez, disertó sobre la oleada belga de 1989-1991 y
el enigma de los “OVNIS triangulares”, en uno de los momentos
altos de la jornada. Cerró las ponencias el periodista español
Josep María Ibáñez, biógrafo de Ribera y
autor del libro “El delfín y la estrella”. Ibáñez
expuso sobre Rennes le Chateau y las implicaciones histórico-políticas
del affaire, así como de las diversas especulaciones que ha generado;
se habló, sobre todo, de sociedades secretas, desde la Orden
del Temple hasta el Priorato de Sión. Una charla muy interesante,
con independencia de que uno crea o no en sus conclusiones y... sugerencias.
Huelga decir que Ibáñez es un tipo simpático y
afable, dotado de un curioso pero acerado sentido del humor.
Quisiera
agregar algo más. Primero, hay que destacar el ambiente en que
se desarrolló el homenaje a Ribera. Fue respetuoso y, sobre todo,
cálido. En lo personal, hace tiempo que no me sentía tan
bien acogido por la audiencia. Es frecuente que cuando a uno le toca
hacer el papel de “malo” en encuentros ufológicos
(“malo” en cuanto sinónimo de “crítico”
o “escéptico”), el público le prodigue cierta
callada hostilidad (y, a veces, no tan callada). Pero en el Centro Catalán
estábamos congregados por Ribera, y todas las diferencias se
matizaron, dando paso a un ánimo colectivo de camaradería.
No exagero si digo que fue, por lo menos para mí, emocionante.
Segundo,
fue una instancia de reencuentro con muchos conspicuos representantes
del mundo ufológico (que no se limita al que aparece en televisión,
por cierto): Rosy Antilef, Aquiles Castillo, Luis Altamirano, Mario
Dussuel, entre otros. También con César Parra, gran amigo
de La Nave, investigador de fenómenos paranormales
y de quien no teníamos noticias recientes. Conocí, por
fin, a Patricio Abusleme, valioso colaborador de esta revista. Y, aunque
no lo crean, destacaré la actitud de Luis Riquelme, con quien
tuve (tuvimos, pues mi co-editor Diego Zúñiga también
recibió su “rociada”) una virulenta pelea electrónica
durante el año 2001; don Luis se acercó a saludarme y
expresó, al igual que yo, la voluntad de dar vuelta la página
y dar por superados aquellos incidentes. Al menos en eso, estamos absolutamente
de acuerdo y digo públicamente que no guardo ninguna ojeriza
hacia la persona de Riquelme. Sigo discrepando con él, pero eso
es otro cuento...
Finalmente,
la figura de Ribera fue homenajeada sin caer en la idolatría.
Compareció ante nosotros el hombre, no el símbolo. Felicitaciones,
por tanto, a los organizadores y a los participantes ya que se trató
de una jornada digna, amable y pluralista.
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