A
mediados del año 2003 se estableció un intercambio de
impresiones con diferentes posiciones de parte de la Delegación
Chilena del Instituto de Investigación y Estudios Exobiológicos
(IIEE) acerca del nombre de este artículo (“Doñihue,
tierra preferida del IEA”, en referencia al “Intruso Esporádico
Agresivo). Para quienes nos hemos preocupado del fenómeno desde
que arribó a nuestro país nos hemos percatado de que muchas
personas llevan la investigación por cauces errados, confundiendo
a los perceptores que sufren las pérdidas de sus animales y no
realizando un estudio riguroso del mismo para tratar de encontrar respuestas.
Esta réplica fue vetada en una página web donde se alojaba
un sitio que dirigía desde Chile. He aquí un resumen de
lo acontecido.
Considero
que los elementos de prueba presentados en “Doñihue, tierra
favorita del IEA” carecen de seriedad, y que con tales actitudes
se consigue confundir al lector y aún al investigador. Por ejemplo,
la técnica de no revelar las identidades de los testigos –actitud
exhibida en ese trabajo– falla catastróficamente en pueblos
o comunidades muy pequeñas. Es posible que en Barcelona o Santiago
las iniciales logren el anonimato buscado, pero en una población
donde todos se conocen…
Intentar
extraer conclusiones con apenas un puñado de casos en la Sexta
Región, cuando en nuestros archivos duermen casi un millar de
denuncias y reportes es, al menos para cualquier intento científico
medianamente aceptable, una incongruencia.
No
hablemos de la posibilidad de que tales dichos puedan influir seriamente
en aquellos que deben administrar seguridad, pues a ellos la gente va
en busca de respuestas. En la comunicación generar ideas falsas,
aunque sean simplemente en forma accidental, puede ser algo peligroso.
He
accedido a la encuesta que se realizó en esa “investigación”
a los mismos testigos mencionado en dicho trabajo, obteniendo declaraciones
adicionales que se han omitido en forma inexplicable pero que, a pesar
de lo cruentas que parezcan, no estamos capacitados para recortar, censurar
ni modificar. Porque, en verdad los que sustentan nuestras investigaciones
son los que deben figurar en las fotografías como el vínculo
entre los sucesos extraños y el público en general.
En
un estudio tan particular como el que con diferentes ópticas
encaramos, no podemos darnos el lujo de privar a la opinión pública
de aquellos elementos que en forma apresurada descartemos por no coincidir
con una u otra hipótesis. No podemos erigirnos en represores
de las ideas sustentadas por los testigos únicamente porque no
nos convencen sus apreciaciones. Si hemos de tomarlos como mitómanos,
pues optemos por eliminar sus palabras en un todo, en caso contrario
démosles la libertad de reproducir con total fidelidad sus conceptos
aun cuando nos resulten disparatados
Con
respecto al piwichen, blandido como novedosa hipótesis explicativa
de los casos que nos ocupan, debemos señalar que según
las descripciones brindadas por verdaderos investigadores como Julio
Vicuña Cifuentes en el ámbito de la antropología
y el folklore de nuestro país, este ser, “Piguchén
como dice el pueblo, es una culebra que al cabo de cierto tiempo se
transforma en una especie de rana de gran tamaño, toda cubierta
de un vello finísimo, con las alas muy cortas y anchas que sólo
le permiten dar pequeños vuelos, las patas fuertes y los ojos
saltados y espantosos. Es vampiro y prefiere la sangre de los animales
a la del hombre”. (1).
Aquellos
reales amantes de las más puras tradiciones chilenas, como el
escritor folklorista Oreste Plath, que han convivido con su tierra y
la han defendido de los embates de los conquistadores intelectuales
o culturales, afirman que “El Pihuychén es una especie
de vampiro, a la vez murciélago, del tamaño de un conejo
y con alas membranosas como un murciélago, silba como una serpiente
y vuela como una perdiz; es una mezcla de serpiente y cuadrúpedo
y no faltan los que aseguran que es un engendro de una rana (...) Es
una especie de murciélago vampiro, que mata fatalmente al que
lo ve y mira de frente. Su presencia suele conocerse por su excremento
rojo que deja en los árboles de los bosques espesos, en los que
se esconde durante el día. Su labor maligna la realiza de noche,
en la época en que está brotando el roble, y su presencia
es conocida por los silbidos característicos que emite”
(2).
Al
parecer deberíamos forzar o torcer significativamente el significado
de las palabras para intentar asimilar la figura de esta criatura con
el responsable de las matanzas de los animales que suceden en la actualidad
Si hemos de relacionar, con enorme simpleza, el folklore regional con
cualquier hecho anómalo, lograremos no sólo confundir,
sino crear una imagen falsa de la realidad.
Es
necesario registrar tales relatos de antaño para ser analizados
minuciosamente y en función de un número estadísticamente
representativo de casos. Si el total que obra en nuestros archivos supera
los tres centenares, deberíamos lograr una cierta homogeneidad
de descripciones aun cuando sostengamos que la diversidad apreciativa
de los testigos es algo natural.
Pero,
¿qué investigador o aficionado puede sostener tal vinculación?
Sabemos que las ciencias sociales no son exactas, pero también
cualquier estudiante es consciente de que no se puede sostener una hipótesis
con un par de casos aislados del contexto general del evento fenomenológico
o cultural que estamos analizando.
UN
PASEO DESDE ROSWELL A DOÑIHUE
La
utilización de la remanida expresión “ciudad de”
es muy común en la literatura y en la prensa diaria. Desafortunadamente
tales giros idiomáticos han invadido los trabajos que se autodenominan
serios o científicos.
Aunque
pueda resultar un hecho anecdótico o trivial para la mayoría
de los lectores, estoy convencida de que su uso inapropiado puede generar
algunos problemas no solo de semántica, sino de rumor en el sentido
que las ciencias de la comunicación dan al vocablo.
En efecto, hemos visto con asombro cómo muchos trabajos mencionan
a Roswell como la ciudad de los OVNIS, una especie de santuario del
mercantilismo al estilo norteamericano. También tenemos en la
vecina Argentina el Uritorco, “cerro de los OVNIS”, un legendario
reducto de la parcialidad nativa de los comechingones que ha sido “cedido”
a la psicosis platillista y de la new age solamente porque los medios
y muchos investigadores hallaron en 1986 una huella que atribuyeron
al accionar de un gigantesco OVNI.
Todos
estamos acostumbrados a las desprolijidades de la prensa diaria y en
cierto modo las avalamos, porque tienen por finalidad la venta masiva
de sus productos. Sin embargo un hecho preocupante se origina cuando
los que trabajan con enorme libertad, tiempo y en apariencia sin fines
de lucro comienzan a gestar nuevas “ciudades de...”.
Tal
es el caso del pequeño pero acogedor pueblo de Doñihue,
en la Sexta Región de Chile, célebre por sus magníficos
chamantos y por haber sido hábitat del ser humano por más
de diez mil años, zona que vio sobresaltada su tranquilidad por
algunos sucesos vinculados con matanzas de animales que aún no
han podido ser explicadas.
Pero
su ancestral paz corre riesgo de ser todavía más vapuleada
por el temor de ser convertida en la “ciudad preferida de los
IEA” (para aquellos que desconocen esta sigla inexplicable se
trata del “chupacabras”).
Ahora
bien, ¿es realmente posible afirmar tal cosa basándose
en los estudios estadísticos y en la cronología de ataques
a animales o se trata sencillamente del ejercicio del más conocido
anzuelo periodístico, el sensacionalismo? Es claro que no es
posible observar tales análisis en ninguna de las fuentes públicas
de información, por lo que debo suponer que desafortunadamente
no los han realizado.
Y
digo desafortunadamente porque con estas carencias no favorecemos el
esclarecimiento del fenómeno. La investigación de campo
es una excelente arma, pero no es posible que ella nos conduzca a resultados
que no se condicen con la realidad solamente por carecer de la información
global de los sucesos o por no consultar a quienes efectivamente la
poseen. Porque la información existe y sin dudas está
accesible a todos aquellos que con buenas artes aportan sus esfuerzos
para desentrañar este fenómeno que preocupa a nuestro
país desde hace tres años.
El
sensacionalismo inserto en una presunta investigación de campo
suele producir nefastos resultados tanto en el pueblo afectado como
en el conjunto de los investigadores del fenómeno. Como expliqué
el origen de muchos lugares que se han convertido en santuarios de OVNIS
o monstruos hay que buscarlo en vocablos altisonantes y ampulosos empleados
en la redacción de informes
Como
consecuencia de esos procedimientos, digamos desprolijos por ejercer
la benevolencia semántica, generamos una falsa imagen y establecemos
un concepto de lugar apropiado para cualquier tipo de manifestación
extraña. Así los supuestos investigadores imparciales
tomarán un sitio de privilegio que de ninguna manera pueden perder
los testigos.
Estos
hacen “suyos” los lugares, determinando como consecuencia
de un par de viajes que ésa es la “tierra prometida”
de los IEA. Por otro lado condicionan a los lugareños, exacerbando
su percepción de los “fenómenos extraños”
e incluso también afectan a posibles investigaciones futuras,
ya que la llegada de un nuevo analista no será la misma después
de ser la “ciudad preferida” de los IEA. El cambio en el
entorno que generan esas inadecuadas expresiones puede no ser revertido
quizás en décadas, con el consecuente daño social
y cultural.
REFERENCIAS
(1)
Vicuña Cifuentes, Julio. “Mitos y supersticiones recogidos
de la tradición oral chilena”. Editorial Nascimento. Santiago.
1947. Pág. 92.
(2) Plath, Oreste. “Geografía del mito y la leyenda chilenos”.
Editorial Grijalbo. Santiago. 1994. Pág. 305.
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