La Nave de los Locos

La Nave de los Locos Nº 30/31
Acrobat ReaderDOÑIHUE, TIERRA PREFERIDA DEL I.E.A.
LILIANA NÚÑEZ
(CHILE) - 2004

J. Pagan / www. Realmsofnowhere.comA mediados del año 2003 se estableció un intercambio de impresiones con diferentes posiciones de parte de la Delegación Chilena del Instituto de Investigación y Estudios Exobiológicos (IIEE) acerca del nombre de este artículo (“Doñihue, tierra preferida del IEA”, en referencia al “Intruso Esporádico Agresivo). Para quienes nos hemos preocupado del fenómeno desde que arribó a nuestro país nos hemos percatado de que muchas personas llevan la investigación por cauces errados, confundiendo a los perceptores que sufren las pérdidas de sus animales y no realizando un estudio riguroso del mismo para tratar de encontrar respuestas. Esta réplica fue vetada en una página web donde se alojaba un sitio que dirigía desde Chile. He aquí un resumen de lo acontecido.

Considero que los elementos de prueba presentados en “Doñihue, tierra favorita del IEA” carecen de seriedad, y que con tales actitudes se consigue confundir al lector y aún al investigador. Por ejemplo, la técnica de no revelar las identidades de los testigos –actitud exhibida en ese trabajo– falla catastróficamente en pueblos o comunidades muy pequeñas. Es posible que en Barcelona o Santiago las iniciales logren el anonimato buscado, pero en una población donde todos se conocen…

Intentar extraer conclusiones con apenas un puñado de casos en la Sexta Región, cuando en nuestros archivos duermen casi un millar de denuncias y reportes es, al menos para cualquier intento científico medianamente aceptable, una incongruencia.

No hablemos de la posibilidad de que tales dichos puedan influir seriamente en aquellos que deben administrar seguridad, pues a ellos la gente va en busca de respuestas. En la comunicación generar ideas falsas, aunque sean simplemente en forma accidental, puede ser algo peligroso.

He accedido a la encuesta que se realizó en esa “investigación” a los mismos testigos mencionado en dicho trabajo, obteniendo declaraciones adicionales que se han omitido en forma inexplicable pero que, a pesar de lo cruentas que parezcan, no estamos capacitados para recortar, censurar ni modificar. Porque, en verdad los que sustentan nuestras investigaciones son los que deben figurar en las fotografías como el vínculo entre los sucesos extraños y el público en general.

En un estudio tan particular como el que con diferentes ópticas encaramos, no podemos darnos el lujo de privar a la opinión pública de aquellos elementos que en forma apresurada descartemos por no coincidir con una u otra hipótesis. No podemos erigirnos en represores de las ideas sustentadas por los testigos únicamente porque no nos convencen sus apreciaciones. Si hemos de tomarlos como mitómanos, pues optemos por eliminar sus palabras en un todo, en caso contrario démosles la libertad de reproducir con total fidelidad sus conceptos aun cuando nos resulten disparatados

Con respecto al piwichen, blandido como novedosa hipótesis explicativa de los casos que nos ocupan, debemos señalar que según las descripciones brindadas por verdaderos investigadores como Julio Vicuña Cifuentes en el ámbito de la antropología y el folklore de nuestro país, este ser, “Piguchén como dice el pueblo, es una culebra que al cabo de cierto tiempo se transforma en una especie de rana de gran tamaño, toda cubierta de un vello finísimo, con las alas muy cortas y anchas que sólo le permiten dar pequeños vuelos, las patas fuertes y los ojos saltados y espantosos. Es vampiro y prefiere la sangre de los animales a la del hombre”. (1).

Aquellos reales amantes de las más puras tradiciones chilenas, como el escritor folklorista Oreste Plath, que han convivido con su tierra y la han defendido de los embates de los conquistadores intelectuales o culturales, afirman que “El Pihuychén es una especie de vampiro, a la vez murciélago, del tamaño de un conejo y con alas membranosas como un murciélago, silba como una serpiente y vuela como una perdiz; es una mezcla de serpiente y cuadrúpedo y no faltan los que aseguran que es un engendro de una rana (...) Es una especie de murciélago vampiro, que mata fatalmente al que lo ve y mira de frente. Su presencia suele conocerse por su excremento rojo que deja en los árboles de los bosques espesos, en los que se esconde durante el día. Su labor maligna la realiza de noche, en la época en que está brotando el roble, y su presencia es conocida por los silbidos característicos que emite” (2).

Al parecer deberíamos forzar o torcer significativamente el significado de las palabras para intentar asimilar la figura de esta criatura con el responsable de las matanzas de los animales que suceden en la actualidad Si hemos de relacionar, con enorme simpleza, el folklore regional con cualquier hecho anómalo, lograremos no sólo confundir, sino crear una imagen falsa de la realidad.

Es necesario registrar tales relatos de antaño para ser analizados minuciosamente y en función de un número estadísticamente representativo de casos. Si el total que obra en nuestros archivos supera los tres centenares, deberíamos lograr una cierta homogeneidad de descripciones aun cuando sostengamos que la diversidad apreciativa de los testigos es algo natural.

Pero, ¿qué investigador o aficionado puede sostener tal vinculación? Sabemos que las ciencias sociales no son exactas, pero también cualquier estudiante es consciente de que no se puede sostener una hipótesis con un par de casos aislados del contexto general del evento fenomenológico o cultural que estamos analizando.

UN PASEO DESDE ROSWELL A DOÑIHUE

La utilización de la remanida expresión “ciudad de” es muy común en la literatura y en la prensa diaria. Desafortunadamente tales giros idiomáticos han invadido los trabajos que se autodenominan serios o científicos.

Aunque pueda resultar un hecho anecdótico o trivial para la mayoría de los lectores, estoy convencida de que su uso inapropiado puede generar algunos problemas no solo de semántica, sino de rumor en el sentido que las ciencias de la comunicación dan al vocablo.
En efecto, hemos visto con asombro cómo muchos trabajos mencionan a Roswell como la ciudad de los OVNIS, una especie de santuario del mercantilismo al estilo norteamericano. También tenemos en la vecina Argentina el Uritorco, “cerro de los OVNIS”, un legendario reducto de la parcialidad nativa de los comechingones que ha sido “cedido” a la psicosis platillista y de la new age solamente porque los medios y muchos investigadores hallaron en 1986 una huella que atribuyeron al accionar de un gigantesco OVNI.

Todos estamos acostumbrados a las desprolijidades de la prensa diaria y en cierto modo las avalamos, porque tienen por finalidad la venta masiva de sus productos. Sin embargo un hecho preocupante se origina cuando los que trabajan con enorme libertad, tiempo y en apariencia sin fines de lucro comienzan a gestar nuevas “ciudades de...”.

Tal es el caso del pequeño pero acogedor pueblo de Doñihue, en la Sexta Región de Chile, célebre por sus magníficos chamantos y por haber sido hábitat del ser humano por más de diez mil años, zona que vio sobresaltada su tranquilidad por algunos sucesos vinculados con matanzas de animales que aún no han podido ser explicadas.

Pero su ancestral paz corre riesgo de ser todavía más vapuleada por el temor de ser convertida en la “ciudad preferida de los IEA” (para aquellos que desconocen esta sigla inexplicable se trata del “chupacabras”).

Ahora bien, ¿es realmente posible afirmar tal cosa basándose en los estudios estadísticos y en la cronología de ataques a animales o se trata sencillamente del ejercicio del más conocido anzuelo periodístico, el sensacionalismo? Es claro que no es posible observar tales análisis en ninguna de las fuentes públicas de información, por lo que debo suponer que desafortunadamente no los han realizado.

Y digo desafortunadamente porque con estas carencias no favorecemos el esclarecimiento del fenómeno. La investigación de campo es una excelente arma, pero no es posible que ella nos conduzca a resultados que no se condicen con la realidad solamente por carecer de la información global de los sucesos o por no consultar a quienes efectivamente la poseen. Porque la información existe y sin dudas está accesible a todos aquellos que con buenas artes aportan sus esfuerzos para desentrañar este fenómeno que preocupa a nuestro país desde hace tres años.

El sensacionalismo inserto en una presunta investigación de campo suele producir nefastos resultados tanto en el pueblo afectado como en el conjunto de los investigadores del fenómeno. Como expliqué el origen de muchos lugares que se han convertido en santuarios de OVNIS o monstruos hay que buscarlo en vocablos altisonantes y ampulosos empleados en la redacción de informes

Como consecuencia de esos procedimientos, digamos desprolijos por ejercer la benevolencia semántica, generamos una falsa imagen y establecemos un concepto de lugar apropiado para cualquier tipo de manifestación extraña. Así los supuestos investigadores imparciales tomarán un sitio de privilegio que de ninguna manera pueden perder los testigos.

Estos hacen “suyos” los lugares, determinando como consecuencia de un par de viajes que ésa es la “tierra prometida” de los IEA. Por otro lado condicionan a los lugareños, exacerbando su percepción de los “fenómenos extraños” e incluso también afectan a posibles investigaciones futuras, ya que la llegada de un nuevo analista no será la misma después de ser la “ciudad preferida” de los IEA. El cambio en el entorno que generan esas inadecuadas expresiones puede no ser revertido quizás en décadas, con el consecuente daño social y cultural.

REFERENCIAS

(1) Vicuña Cifuentes, Julio. “Mitos y supersticiones recogidos de la tradición oral chilena”. Editorial Nascimento. Santiago. 1947. Pág. 92.
(2) Plath, Oreste. “Geografía del mito y la leyenda chilenos”. Editorial Grijalbo. Santiago. 1994. Pág. 305.

Volver al Nº 30/31

PORTADA | SÓLO ON-LINE | BIBLIOTECA PDF | TODOS LOS ARTÍCULOS | LISTA DE CORREO | NOTICIAS | ESPECIALES