Las
cosas no han estado fáciles estos últimos meses. Y no
nos vamos a ver la suerte entre gitanos ni a pisar las capas entre superhéroes,
o mejor dicho, no nos vamos a mirar los OVNIS entre ufólogos.
La triste realidad es que la ufología parece pasar por uno de
aquellos bajones que los teóricos y analistas de décadas
pasadas, y las actuales también, estudiaban con tanto ahínco.
En los diarios aparecen tarde mal y nunca noticias sobre el asuntillo,
los libros se venden mal y poco para beneplácito de los de reiki,
chakras y otras basuras parecidas, y los así llamados “investigadores”
(meros fabuladores que gozan vendiendo pomadas a personas incautas)
han desaparecido de la escena ante la escasez de compradores.
Este bajón se refleja en cierta decepción de algunos escépticos
y otros no tanto. En determinadas listas de debate se conversa sobre
lo aburrida que está la ufología. Ya ni los clásicos
nos salvan la vida, los libros viejos empiezan a oler a podrido y las
aventuras de los abducidos suenan cada vez más chistosas y menos
propensas a ser tomadas en serio. Aunque, en realidad, nunca las hayamos
tomado en serio.
La muerte de algunos estandartes también nos informa de que los
grandes se van, y los chicos no crecen. Nadie los reemplaza y, lo que
es peor, nadie tiene el más mínimo interés en hacerlo.
Eso es lo que podemos ver desde lejos, al menos. Quizás sea una
visión un poco apocalíptica, pero qué va, es lo
que sucede por estos lejanos lugares del sur.
Ah, tenemos un magnífico dossier con dos clásicos mexicanos,
escrito por dos monstruos de esas tierras. Entrevistas para volverse
locos, entre ellos a Sergio Schilling, un joven que podría hacer
que las palabras que están arriba se las lleve el viento.
El
editor
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