La Nave de los Locos

La Nave de los Locos Nº 34/35
OSCURIDADES DEL URITORCO
RUBÉN MORALES
(ARGENTINA) - 2006

RefugioMucho se ha escrito sobre las sugestivas “luces extraterrenas” que se divisan sobre el Cerro Uritorco. Pero ya era hora de hablar de las “oscuridades terrenales” que encuentra el desprevenido visitante cuando intenta trepar a la enigmática mole de piedra que en los confines del tiempo fue morada de los barbados indios comechingones.

Capilla del Monte, a 110 kilómetros de la ciudad de Córdoba, Argentina, a principios del siglo XX era una villa serrana elegida como lugar turístico por muchos artistas famosos de la época, que se fotografiaban sonrientes junto a una gran piedra a la que la erosión dio un aspecto curioso: “El zapato”.

Con el paso del tiempo, las preferencias de la farándula se desplazaron hacia otros destinos y Capilla fue perdiendo su pasado esplendor.

Una suma de circunstancias bastante extrañas iba a revertir esa decadencia, haciendo que Capilla del Monte resurgiera con un inesperado nuevo perfil. Unos humildes cuadernillos del profesor Guillermo Alfredo Terrera hablaban del “bastón de mando” y de un legendario centro ceremonial indio situado junto al cerro Uritorco, al que llamó “el Valle de los Espíritus”.

Aparece aquí también el mito de la “ciudad intraterrena de Erks”, luego vulgarizado por Trigueirinho, a lo que se suma la aparición de una “mancha” quemada casi circular en los cerros de Pajarillos el 9 de enero de 1986 que las autoridades municipales de entonces presentaron como el posible aterrizaje de un ovni.

En los años 80 florecieron las peregrinaciones de grupos místicos que buscaban “encuentros programados” con “los hermanitos superiores” de la gran “fraternidad cósmica”, coordinados por Francisco Checchi, Dante Franch o siguiendo las huellas de Sixto Paz Wells y la Misión Rama de Perú. Proliferaron acampantes que hacían vigilias nocturnas para avistar esquivas luces que sobrevolaban las laderas. Un precursor había sido el Dr. Ángel Cristo Acoglanis, quien organizaba verdaderos tours espirituales desde Buenos Aires hasta Los Terrones, donde los visitantes recibían el premio de divisar el trazado de la ciudad de Erks en la lejanía serrana.

El mundo del espectáculo cedió su lugar al del misticismo en Capilla del Monte. Ya nadie habla hoy de “El zapato”, y su sola mención provoca una sonrisa compasiva. Ahora Capilla del Monte vive y palpita en torno al Uritorco. Todos hablan de las potencialidades energéticas, curativas y armonizadoras emanadas por los minerales del “Cerro Macho”. El Uritorco es todo, sin él la villa perdería identidad, volvería inmediatamente al olvido.

Pero el surgimiento del tema ovni como atracción turística engendraba un problema que las autoridades locales tardaron en advertir: un turismo que prefiere acampar al sereno en vez de pagar hotelería, y que cocina hierbas en vez de acudir al restaurante, es francamente antieconómico para cualquier municipio. Por eso el actual intendente Gustavo De Figueredo trató de tomar distancia de los ovnis cuando un periodista le preguntó derechamente por la “industria” del Uritorco:

“Decimos que el Uritorco es un lugar mágico, que tiene mística y todos los servicios que giran en la localidad alrededor del Uritorco han cambiado: de tener curanderos, pasamos a tener gente que hace terapias alternativas, masajes corporales, que habla a las claras del cambio en el poder adquisitivo de la gente que viene, y que no podemos dejar de aprovechar el fenómeno del Uritorco”.

Resumió el concepto manifestando que en una época se asociaba a los ovnis lo que hoy significa calidad de vida. En la misma entrevista, De Figueredo sostiene que se busca atraer un turismo de cuatro y cinco estrellas al punto de que “prohibimos las inversiones de media y baja categoría” (La Voz del Interior On Line, 24 de diciembre de 2005), mientras queda flotando la duda acerca de la diferencia ontológica entre “curanderos” y “terapistas alternativos” que parece defender el funcionario.

De nuestra parte, en “el cerro sagrado” sería más genuino un curandero comechingón autóctono que los terapistas con flores de Bach, expertos en gemoterapia, reikistas, reflexólogos, meditadores zen, tarotistas y otros exotismos importados que se ofertan profusamente en las vidrieras de Capilla del Monte.

MUERTE EN LAS ALTURAS

Una terrible crónica policial alteraría la paz espiritual del Uritorco. El 18 de octubre de 2004 el joven Matías Puget (21) y su novia –identificada como N.G. (21)–, ambos oriundos de Ushuaia, ascendieron al cerro Uritorco para la contemplación “mística” del lugar, dice textual La Voz del Interior del 27 de julio de 2005.

En las estribaciones del cerro se encontraron con Roberto Ariel Arévalo (25), alias “Boni”, jornalero, guía y artesano, con quien entablaron una relación. Al llegar a la ladera noroeste del imponente macizo montañoso acamparon y Puget se alejó en búsqueda de leña ante el intenso frío reinante, pero nunca regresó.

A la mañana siguiente, dice el diario, la joven bajó del cerro junto con Arévalo. Acto seguido se presentó a la policía denunciando la desaparición de su novio y, además, que Arévalo había intentado abusarla.

Días después, Puget fue avistado muerto por un helicóptero policial en el fondo de un profundo barranco, en la cúspide del Uritorco.

El diario cordobés habla de fuentes judiciales según las cuales “Arévalo golpeó con una linterna de doble elemento que apareció quebrada en la cabeza a Puget, que incluso tenía un pie fracturado antes de caer al vacío”.

Este hecho luctuoso sin duda fue considerado por las autoridades capillenses cuando comenzaron a preocuparse por reglamentar el ascenso al cerro Uritorco.

“LAS PENAS SON DE NOSOTROS; LAS VAQUITAS, DE ANCHORENA”

Así decía una versión contestataria del conocido tema “El Arriero”, de Atahualpa Yupanqui, y las 983 hectáreas donde se yerguen los mil 950 metros de altura del imponente cerro Uritorco tienen dueño, o mejor dicho dueñas: Sonia Beatriz Anchorena de Crotto compró ese predio en la década del noventa junto a su hermana Mercedes.

Pero tampoco ellas son las responsables de administrar las subidas al cerro, sino el concesionario Aldo Seibaa, con quien mantienen un complicado juicio de desalojo por supuesto incumplimiento de las condiciones contractuales (La Voz del Interior On Line del 24 de diciembre de 2005).

A su vez, el Concejo Deliberante de Capilla del Monte votó por unanimidad en noviembre de 2004 (luego de la muerte del joven Matías Puget) la iniciativa propuesta por el intendente De Figueredo de expropiar el cerro a las Anchorena e incorporarlo al patrimonio público (La Voz del Interior, 27 de julio de 2005), decisión ante la cual las propietarias reaccionaron abriendo otro proceso, esta vez contra el municipio (La Nación, 19 de diciembre de 2004). A la fecha de febrero de 2006, los litigios continúan y, mientras tanto, como dijera un atribulado capillense, en el Uritorco, “no hay servicios sanitarios, personal de seguridad o guardaparques. Muchos afirman que se ejerce un negocio depredador y antiecológico” (La Nación, 7 de diciembre de 2004).

SI NO SE PUEDE MEJORAR, SE PROHÍBE

El cerro místico nunca hubiera imaginado verse entrampado en semejante telaraña de dilemas judiciales. Para peor, el municipio, al ver que se aproximaba la temporada turística 2006 mientras todos los litigios continuaban sin resolverse, decidió tomar medidas preventivas y el Concejo Deliberante lanzó una Ordenanza (ratificada por Gustavo De Figueredo) que según lo publicado limita el ascenso al cerro con las siguientes reglamentaciones, que nos permitimos numerar para comentar después:

1- La obligación de contar con equipos de comunicaciones entre la base del cerro y el sector del refugio para controlar el turismo. La zona de acampe denominada Hondonada del Buey está a mil 600 metros sobre el nivel del mar y deberá estar provista de equipos VHF y teléfono celular. Además, deben tener equipos de rescate en montaña, botiquín completo y cuatro mochilas de agua para incendio.

2- Se exige al concesionario del paseo un seguro de responsabilidad civil que cubra a todos los visitantes y contar con un servicio de emergencia médica en la base.

3- El reglamento de uso establece que los visitantes deben ser instruidos sobre las características del paseo, el cuidado del medioambiente, el equipamiento y la indumentaria necesarios para subir.

4- El concesionario debe llevar un libro de registro, foliado, en el que tiene que asentar datos personales de los visitantes, número de documento y teléfono de contacto.

5- La administración debe proveer una bolsa de residuos para disponer los desechos generados en la visita.

6- Está expresamente prohibido entrar al paseo con mascotas o animales domésticos.

7- No se permite acampar en cualquiera de los sectores. El inicio del recorrido por el paseo debe ser desde las 8 horas y a las 15 horas el turista tiene que emprender el regreso a la base desde cualquier punto del paseo en que se encuentre. (Mensaje publicado en la prensa, reenviado por Mariela Verónica De Tomaso a la lista de correos Uritorco, 4 de enero de 2006).

Hay una contradicción interna justo en el punto más polémico de esta normativa: En (7) se puntualiza que es imposible acampar, pero en (1) se habla de una zona de acampe. ¿En qué quedamos?

CARTELES DESINFORMATIVOS

Durante nuestra visita a Capilla del Monte en febrero de 2006 ascendimos al Uritorco en dos oportunidades, el martes 7 y el viernes 10.

El concesionario del lugar, desde el refugio ubicado en la base, único acceso al sendero turístico para subir al cerro, cobra siete pesos (unos mil 400 pesos chilenos) a cada visitante.

¿Qué hizo el concesionario con respecto a la nueva ordenanza? Muy sencillo: Amplió aún más las prohibiciones al público y eludió los requisitos que la ordenanza pretende imponerle.

Para empezar, en una de las paredes de esa base encontramos un panel con seis desprolijos carteles manuscritos con errores y tachaduras, de aspecto impresentable en un lugar que recibe turismo internacional.

Uno de ellos establece los horarios de ascenso y descenso, que no se corresponden por los establecidos en la ordenanza (ítem 7), o bien pueden constituir una interpretación libre de ésta que establecía desde las 8 y a las 15 emprender el regreso.

Otro de los carteles declara “terminantemente prohibido” ascender con menores de ocho años, aunque el número remarcado parece estar tapando a un 6 anterior. No tenemos constancia de que la Ordenanza reglamentara las edades, lo que además es un dato muy relativo ya que la facilidad del ascenso depende del estado físico de cada persona, más allá de su edad.

Vamos por más: Un cartelito que agrega nuevas restricciones. Si el anterior era arbitrario, éste es francamente discriminatorio: Restringe el acceso a menores de 12 años y mayores de 40 luego de las 10 horas debido al calor (sic). Firma: La Administración. El anuncio seguía pegado en la pared cualquiera fuese la temperatura ambiente.

Otro manuscrito desprolijo con enmiendas y agregados, también restrictivo de las edades, parece superponer condicionamientos a los demás y también incrementa las restricciones de la ordenanza, y agrega exageradas multas. Textualmente:

Aviso“Horario de descenso: 14 horas.
" " p/estar en la base: 17
TOLERANCIA 15
PASADO ESE TIEMPO SE PAGARÁ
UNA MULTA DE 20 A 50 ENTRADAS
MENORES DE 8 AÑOS PROHIBIDO
SU ASCENSO
MAYORES DE 60 AÑOS PODRÁN
ASCENDER SOLAMENTE ACOMPA-
ÑADOS POR UN GUÍA PROFESIONAL
A PARTIR DE LAS 13.30 Hs. SE DEBE-
RÁ DEJAR UNA SEÑA DE $ 10,00
QUE SERÁ RESTITUIDA SI BAJA
EN EL HORARIO ESTABLECIDO.

Un quinto cartel dice en un penoso castellano: “No se permite ascender c/Alpargatas o sandalias o ojotas (sic). Sin exepción (sic). La Administración" (siguiente columna).

El sexto cartel, de letra casi ilegible, se refiere a la vestimenta y elementos que debería llevar el visitante en opinión del concesionario, ya que su texto, al igual que el resto de los mensajes, tampoco parece desprenderse de la Ordenanza Municipal. Finalmente amenaza otra vez con groseras multas en tinta roja (página siguiente).

ASCENSO AL CERRO URITORCO

Llegamos por fin al refugio de la base (ver página siguiente). La amable empleada del concesionario nos hace llenar un formulario fotocopiado donde es preciso asentar nuestros datos personales. No se trata de un libro foliado único como se propone en la Ordenanza (ítem 4). Sólo es una hoja suelta, fácilmente eliminable, adulterable o falsificable.

Se nos pide que leamos las instrucciones en los cartelitos de la pared y que paguemos siete pesos por persona.

Nada se nos dice acerca de seguros (ítem 2) ni nos proveen bolsas para residuos (ítem 5). En las dos oportunidades que realizamos el ascenso preguntamos si había personal del concesionario más arriba por cualquier emergencia, y nos responden las dos veces que no tienen personal arriba (ítem 1). En el refugio de la base se venden artículos de kiosco y cafetería, pero no se observa ningún equipo o personal de emergencias (ítem 2).

Nos franquean el acceso luego de abonar los siete pesos y llenar la planilla. Unos metros más arriba caemos en la cuenta de que no hemos recibido factura alguna. Continuamos el ascenso mientras vamos encuestando al respecto a otros turistas que encontramos en el camino: ninguno de ellos recibió factura.

Durante nuestra segunda visita al cerro tres días después se repite el mismo escenario, no nos entregan factura y los encuestados arriba tampoco la recibieron.

Al cerro suben unas 300 personas por día. Como ejemplo, en la Semana Santa de 2002 habrían coronado la cumbre tres mil personas, según La Nación del 05 de diciembre de 2004.

Perdón, una pregunta, sí, sí, a usted: ¿Tiene una calculadora a mano? Continuamos el ascenso, vamos deteniéndonos en cada una de las “estaciones”, pequeños lugares donde el piso está lo suficientemente alisado para sentarse sobre una piedra a descansar unos minutos y tomar un trago de los dos litros de agua que cada turista debe llevar consigo (según la reglamentación del concesionario).

Varias “estaciones” son difíciles de localizar, ya que los carteles de señalización se han caído y yacen arrumbados en las laderas. Tal vez el dato más orientador para identificarlas sean unos contenedores de piedra para depositar residuos, repletos de botellas vacías y otros desechos.

Durante nuestro primer ascenso nos sorprendió una lluvia torrencial habiendo alcanzado los mil 538 metros, lo que nos hizo apurar el regreso sin tocar la cumbre. Bajamos rápidamente por el sendero de granito que con el agua se coloreaba de un rojo intenso muy bello, esquivamos las muchas piedras sueltas que ponían en peligro nuestra retirada y merecerían ser sacadas del camino por razones de seguridad (eso es muy importante, hasta donde sabemos la Ordenanza no lo contempla).

Llegamos al refugio de la base empapados y allí seguía siendo difícil tratar de secarse, el techo está lleno de filtraciones y se abren goteras que mojan el piso en toda su extensión. Una impostergable visita al baño nos depara otra sorpresa: el inodoro se mueve basculando sobre su pie, lo que añade más adrenalina a la experiencia.

Gratificados por tantas emociones, iniciamos otra vez el ascenso tres días después, esta vez sin lluvias. Llegamos al mal denominado “Valle de los Espíritus”, una pampita ideal para acampar, pero donde ahora no hay una sola carpa: Al menos en la prohibición del acampe han estado de acuerdo el Municipio y el Concesionario, como si su única posibilidad fuera coincidir en lo malo.

Allí se encuentra el refugio (ver la foto de abajo, a la izquierda) donde debería haber personal con celulares, equipos VHF, botiquín y dispositivos contra incendio (ítem 1). Por supuesto, como habrá adivinado el lector a esta altura, no hay nadie ni ningún equipo. En el “Valle de los Espíritus” sólo podemos encontrar espíritus. Parece coherente.

El refugio, construido en los años noventa con piedras y cemento, hoy es casi una ruina, ha sufrido el derrumbe parcial de su techo y tiene perforaciones importantes en otros sectores. Exento de mantenimiento, su interior es utilizado como depósito de basura.

Nos refrescamos en las puras aguas de “el chorrito” y continuamos ascendiendo entre nubes, hacia la cumbre que nos recibe con su paisaje mágico, sobrecogedor, ancestral, mientras las nubes pasan bajo nuestros pies como velos que se descorren dejando ver perspectivas soñadas de intenso verdor que se pierden en la lejanía.

Basura en el camino.Eso sí, el piso de la cima está lleno de botellas vacías, algunas ya con descoloridas etiquetas. Se advierten dos cosas: que el turista es sucio y que hace tiempo no pasa un recolector de residuos por el lugar. Un perro que seguramente no leyó la prohibición para el ascenso de animales (ítem 6) descansaba junto a las botellas.

Pero ya estábamos allí, en la cumbre donde los viejos sabios comechingones esperaban la salida del sol, el sitio que en tiempos recientes pasó a ser el Santuario Extraterrestre. Y es una impagable sensación que eclipsa cualquier mezquindad humana, que limpia el alma, que diluye toda queja.

A propósito de lo impagable, la mezquindad y la queja, al regresar a la base, al final de la tarde, le solicitamos a la empleada “un comprobante de la subida, es para presentar ante la Hermandad Blanca, sabés”. Entonces sí, la empleada nos obsequia amablemente una ENTRADA en el preciso momento que estábamos en la puerta de SALIDA.

En países como los nuestros tenemos experiencia sobre funcionarios que legislan acerca de barrios que no transitan, individuos que desconocen y cerros que nunca suben. Por eso nuestro deber de ciudadanos es informarles, para que sus decisiones puedan ser cada día más acertadas.

Porque, convengamos, no es lo mismo un servicio cuatro estrellas, que un servicio de cuarta. ¿Verdad?

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