Mucho
se ha escrito sobre las sugestivas “luces extraterrenas”
que se divisan sobre el Cerro Uritorco. Pero ya era hora de hablar de
las “oscuridades terrenales” que encuentra el desprevenido
visitante cuando intenta trepar a la enigmática mole de piedra
que en los confines del tiempo fue morada de los barbados indios comechingones.
Capilla
del Monte, a 110 kilómetros de la ciudad de Córdoba, Argentina,
a principios del siglo XX era una villa serrana elegida como lugar turístico
por muchos artistas famosos de la época, que se fotografiaban
sonrientes junto a una gran piedra a la que la erosión dio un
aspecto curioso: “El zapato”.
Con el paso del tiempo, las preferencias de la farándula se desplazaron
hacia otros destinos y Capilla fue perdiendo su pasado esplendor.
Una suma de circunstancias bastante extrañas iba a revertir esa
decadencia, haciendo que Capilla del Monte resurgiera con un inesperado
nuevo perfil. Unos humildes cuadernillos del profesor Guillermo Alfredo
Terrera hablaban del “bastón de mando” y de un legendario
centro ceremonial indio situado junto al cerro Uritorco, al que llamó
“el Valle de los Espíritus”.
Aparece aquí también el mito de la “ciudad intraterrena
de Erks”, luego vulgarizado por Trigueirinho, a lo que se suma
la aparición de una “mancha” quemada casi circular
en los cerros de Pajarillos el 9 de enero de 1986 que las autoridades
municipales de entonces presentaron como el posible aterrizaje de un
ovni.
En
los años 80 florecieron las peregrinaciones de grupos místicos
que buscaban “encuentros programados” con “los hermanitos
superiores” de la gran “fraternidad cósmica”,
coordinados por Francisco Checchi, Dante Franch o siguiendo las huellas
de Sixto Paz Wells y la Misión Rama de Perú. Proliferaron
acampantes que hacían vigilias nocturnas para avistar esquivas
luces que sobrevolaban las laderas. Un precursor había sido el
Dr. Ángel Cristo Acoglanis, quien organizaba verdaderos tours
espirituales desde Buenos Aires hasta Los Terrones, donde los visitantes
recibían el premio de divisar el trazado de la ciudad de Erks
en la lejanía serrana.
El mundo del espectáculo cedió su lugar al del misticismo
en Capilla del Monte. Ya nadie habla hoy de “El zapato”,
y su sola mención provoca una sonrisa compasiva. Ahora Capilla
del Monte vive y palpita en torno al Uritorco. Todos hablan de las potencialidades
energéticas, curativas y armonizadoras emanadas por los minerales
del “Cerro Macho”. El Uritorco es todo, sin él la
villa perdería identidad, volvería inmediatamente al olvido.
Pero el surgimiento del tema ovni como atracción turística
engendraba un problema que las autoridades locales tardaron en advertir:
un turismo que prefiere acampar al sereno en vez de pagar hotelería,
y que cocina hierbas en vez de acudir al restaurante, es francamente
antieconómico para cualquier municipio. Por eso el actual intendente
Gustavo De Figueredo trató de tomar distancia de los ovnis cuando
un periodista le preguntó derechamente por la “industria”
del Uritorco:
“Decimos que el Uritorco es un lugar mágico, que tiene
mística y todos los servicios que giran en la localidad alrededor
del Uritorco han cambiado: de tener curanderos, pasamos a tener gente
que hace terapias alternativas, masajes corporales, que habla a las
claras del cambio en el poder adquisitivo de la gente que viene, y que
no podemos dejar de aprovechar el fenómeno del Uritorco”.
Resumió el concepto manifestando que en una época se asociaba
a los ovnis lo que hoy significa calidad de vida. En la misma entrevista,
De Figueredo sostiene que se busca atraer un turismo de cuatro y cinco
estrellas al punto de que “prohibimos las inversiones de media
y baja categoría” (La Voz del Interior On Line, 24 de diciembre
de 2005), mientras queda flotando la duda acerca de la diferencia ontológica
entre “curanderos” y “terapistas alternativos”
que parece defender el funcionario.
De nuestra parte, en “el cerro sagrado” sería más
genuino un curandero comechingón autóctono que los terapistas
con flores de Bach, expertos en gemoterapia, reikistas, reflexólogos,
meditadores zen, tarotistas y otros exotismos importados que se ofertan
profusamente en las vidrieras de Capilla del Monte.
MUERTE
EN LAS ALTURAS
Una terrible crónica policial alteraría la paz espiritual
del Uritorco. El 18 de octubre de 2004 el joven Matías Puget
(21) y su novia –identificada como N.G. (21)–, ambos oriundos
de Ushuaia, ascendieron al cerro Uritorco para la contemplación
“mística” del lugar, dice textual La Voz del Interior
del 27 de julio de 2005.
En las estribaciones del cerro se encontraron con Roberto Ariel Arévalo
(25), alias “Boni”, jornalero, guía y artesano, con
quien entablaron una relación. Al llegar a la ladera noroeste
del imponente macizo montañoso acamparon y Puget se alejó
en búsqueda de leña ante el intenso frío reinante,
pero nunca regresó.
A la mañana siguiente, dice el diario, la joven bajó del
cerro junto con Arévalo. Acto seguido se presentó a la
policía denunciando la desaparición de su novio y, además,
que Arévalo había intentado abusarla.
Días después, Puget fue avistado muerto por un helicóptero
policial en el fondo de un profundo barranco, en la cúspide del
Uritorco.
El diario cordobés habla de fuentes judiciales según las
cuales “Arévalo golpeó con una linterna de doble
elemento que apareció quebrada en la cabeza a Puget, que incluso
tenía un pie fracturado antes de caer al vacío”.
Este hecho luctuoso sin duda fue considerado por las autoridades capillenses
cuando comenzaron a preocuparse por reglamentar el ascenso al cerro
Uritorco.
“LAS PENAS SON DE NOSOTROS; LAS VAQUITAS, DE ANCHORENA”
Así decía una versión contestataria del conocido
tema “El Arriero”, de Atahualpa Yupanqui, y las 983 hectáreas
donde se yerguen los mil 950 metros de altura del imponente cerro Uritorco
tienen dueño, o mejor dicho dueñas: Sonia Beatriz Anchorena
de Crotto compró ese predio en la década del noventa junto
a su hermana Mercedes.
Pero tampoco ellas son las responsables de administrar las subidas al
cerro, sino el concesionario Aldo Seibaa, con quien mantienen un complicado
juicio de desalojo por supuesto incumplimiento de las condiciones contractuales
(La Voz del Interior On Line del 24 de diciembre de 2005).
A su vez, el Concejo Deliberante de Capilla del Monte votó por
unanimidad en noviembre de 2004 (luego de la muerte del joven Matías
Puget) la iniciativa propuesta por el intendente De Figueredo de expropiar
el cerro a las Anchorena e incorporarlo al patrimonio público
(La Voz del Interior, 27 de julio de 2005), decisión ante la
cual las propietarias reaccionaron abriendo otro proceso, esta vez contra
el municipio (La Nación, 19 de diciembre de 2004). A la fecha
de febrero de 2006, los litigios continúan y, mientras tanto,
como dijera un atribulado capillense, en el Uritorco, “no hay
servicios sanitarios, personal de seguridad o guardaparques. Muchos
afirman que se ejerce un negocio depredador y antiecológico”
(La Nación, 7 de diciembre de 2004).
SI
NO SE PUEDE MEJORAR, SE PROHÍBE
El cerro místico nunca hubiera imaginado verse entrampado en
semejante telaraña de dilemas judiciales. Para peor, el municipio,
al ver que se aproximaba la temporada turística 2006 mientras
todos los litigios continuaban sin resolverse, decidió tomar
medidas preventivas y el Concejo Deliberante lanzó una Ordenanza
(ratificada por Gustavo De Figueredo) que según lo publicado
limita el ascenso al cerro con las siguientes reglamentaciones, que
nos permitimos numerar para comentar después:
1- La obligación de contar con equipos de comunicaciones entre
la base del cerro y el sector del refugio para controlar el turismo.
La
zona
de acampe denominada Hondonada del Buey está a mil 600 metros
sobre el nivel del mar y deberá estar provista de equipos VHF
y teléfono celular. Además, deben tener equipos de rescate
en montaña, botiquín completo y cuatro mochilas de agua
para incendio.
2- Se exige al concesionario del paseo un seguro de responsabilidad
civil que cubra a todos los visitantes y contar con un servicio de emergencia
médica en la base.
3- El reglamento de uso establece que los visitantes deben ser instruidos
sobre las características del paseo, el cuidado del medioambiente,
el equipamiento y la indumentaria necesarios para subir.
4- El concesionario debe llevar un libro de registro, foliado, en el
que tiene que asentar datos personales de los visitantes, número
de documento y teléfono de contacto.
5- La administración debe proveer una bolsa de residuos para
disponer los desechos generados en la visita.
6- Está expresamente prohibido entrar al paseo con mascotas o
animales domésticos.
7- No se permite acampar en cualquiera de los sectores. El inicio del
recorrido por el paseo debe ser desde las 8 horas y a las 15 horas el
turista tiene que emprender el regreso a la base desde cualquier punto
del paseo en que se encuentre. (Mensaje publicado en la prensa, reenviado
por Mariela Verónica De Tomaso a la lista de correos Uritorco,
4 de enero de 2006).
Hay una contradicción interna justo en el punto más polémico
de esta normativa: En (7) se puntualiza que es imposible acampar, pero
en (1) se habla de una zona de acampe. ¿En qué quedamos?
CARTELES
DESINFORMATIVOS
Durante nuestra visita a Capilla del Monte en febrero de 2006 ascendimos
al Uritorco en dos oportunidades, el martes 7 y el viernes 10.
El concesionario del lugar, desde el refugio ubicado en la base, único
acceso al sendero turístico para subir al cerro, cobra siete
pesos (unos mil 400 pesos chilenos) a cada visitante.
¿Qué hizo el concesionario con respecto a la nueva ordenanza?
Muy sencillo: Amplió aún más las prohibiciones
al público y eludió los requisitos que la ordenanza pretende
imponerle.
Para empezar, en una de las paredes de esa base encontramos un panel
con seis desprolijos carteles manuscritos con errores y tachaduras,
de aspecto impresentable en un lugar que recibe turismo internacional.
Uno de ellos establece los horarios de ascenso y descenso, que no se
corresponden por los establecidos en la ordenanza (ítem 7), o
bien pueden constituir una interpretación libre de ésta
que establecía desde las 8 y a las 15 emprender el regreso.
Otro de los carteles declara “terminantemente prohibido”
ascender con menores de ocho años, aunque el número remarcado
parece estar tapando a un 6 anterior. No tenemos constancia de que la
Ordenanza reglamentara las edades, lo que además es un dato muy
relativo ya que la facilidad del ascenso depende del estado físico
de cada persona, más allá de su edad.
Vamos por más: Un cartelito que agrega nuevas restricciones.
Si el anterior era arbitrario, éste es francamente discriminatorio:
Restringe el acceso a menores de 12 años y mayores de 40 luego
de las 10 horas debido al calor (sic). Firma: La Administración.
El anuncio seguía pegado en la pared cualquiera fuese la temperatura
ambiente.
Otro manuscrito desprolijo con enmiendas y agregados, también
restrictivo de las edades, parece superponer condicionamientos a los
demás y también incrementa las restricciones de la ordenanza,
y agrega exageradas multas. Textualmente:
“Horario
de descenso: 14 horas.
" " p/estar en la base: 17
TOLERANCIA 15
PASADO ESE TIEMPO SE PAGARÁ
UNA MULTA DE 20 A 50 ENTRADAS
MENORES DE 8 AÑOS PROHIBIDO
SU ASCENSO
MAYORES DE 60 AÑOS PODRÁN
ASCENDER SOLAMENTE ACOMPA-
ÑADOS POR UN GUÍA PROFESIONAL
A PARTIR DE LAS 13.30 Hs. SE DEBE-
RÁ DEJAR UNA SEÑA DE $ 10,00
QUE SERÁ RESTITUIDA SI BAJA
EN EL HORARIO ESTABLECIDO.
Un quinto cartel dice en un penoso castellano: “No se permite
ascender c/Alpargatas o sandalias o ojotas (sic). Sin exepción
(sic). La Administración" (siguiente columna).
El sexto cartel, de letra casi ilegible, se refiere a la vestimenta
y elementos que debería llevar el visitante en opinión
del concesionario, ya que su texto, al igual que el resto de los mensajes,
tampoco parece desprenderse de la Ordenanza Municipal. Finalmente amenaza
otra vez con groseras multas en tinta roja (página siguiente).
ASCENSO
AL CERRO URITORCO
Llegamos
por fin al refugio de la base (ver página siguiente). La amable
empleada del concesionario nos hace llenar un formulario fotocopiado
donde es preciso asentar nuestros datos personales. No se trata de un
libro foliado único como se propone en la Ordenanza (ítem
4). Sólo es una hoja suelta, fácilmente eliminable, adulterable
o falsificable.
Se
nos pide que leamos las instrucciones en los cartelitos de la pared
y que paguemos siete pesos por persona.
Nada
se nos dice acerca de seguros (ítem 2) ni nos proveen bolsas
para residuos (ítem 5). En las dos oportunidades que realizamos
el ascenso preguntamos si había personal del concesionario más
arriba por cualquier emergencia, y nos responden las dos veces que no
tienen personal arriba (ítem 1). En el refugio de la base se
venden artículos de kiosco y cafetería, pero no se observa
ningún equipo o personal de emergencias (ítem 2).
Nos
franquean el acceso luego de abonar los siete pesos y llenar la planilla.
Unos metros más arriba caemos en la cuenta de que no hemos recibido
factura alguna. Continuamos el ascenso mientras vamos encuestando al
respecto a otros turistas que encontramos en el camino: ninguno de ellos
recibió factura.
Durante
nuestra segunda visita al cerro tres días después se repite
el mismo escenario, no nos entregan factura y los encuestados arriba
tampoco la recibieron.
Al
cerro suben unas 300 personas por día. Como ejemplo, en la Semana
Santa de 2002 habrían coronado la cumbre tres mil personas, según
La Nación del 05 de diciembre de 2004.
Perdón,
una pregunta, sí, sí, a usted: ¿Tiene una calculadora
a mano? Continuamos el ascenso, vamos deteniéndonos en cada una
de las “estaciones”, pequeños lugares donde el piso
está lo suficientemente alisado para sentarse sobre una piedra
a descansar unos minutos y tomar un trago de los dos litros de agua
que cada turista debe llevar consigo (según la reglamentación
del concesionario).
Varias
“estaciones” son difíciles de localizar, ya que los
carteles de señalización se han caído y yacen arrumbados
en las laderas. Tal vez el dato más orientador para identificarlas
sean unos contenedores de piedra para depositar residuos, repletos de
botellas vacías y otros desechos.
Durante
nuestro primer ascenso nos sorprendió una lluvia torrencial habiendo
alcanzado los mil 538 metros, lo que nos hizo apurar el regreso sin
tocar la cumbre. Bajamos rápidamente por el sendero de granito
que con el agua se coloreaba de un rojo intenso muy bello, esquivamos
las muchas piedras sueltas que ponían en peligro nuestra retirada
y merecerían ser sacadas del camino por razones de seguridad
(eso es muy importante, hasta donde sabemos la Ordenanza no lo contempla).
Llegamos
al refugio de la base empapados y allí seguía siendo difícil
tratar de secarse, el techo está lleno de filtraciones y se abren
goteras que mojan el piso en toda su extensión. Una impostergable
visita al baño nos depara otra sorpresa: el inodoro se mueve
basculando sobre su pie, lo que añade más adrenalina a
la experiencia.
Gratificados
por tantas emociones, iniciamos otra vez el ascenso tres días
después, esta vez sin lluvias. Llegamos al mal denominado “Valle
de los Espíritus”, una pampita ideal para acampar, pero
donde ahora no hay una sola carpa: Al menos en la prohibición
del acampe han estado de acuerdo el Municipio y el Concesionario, como
si su única posibilidad fuera coincidir en lo malo.
Allí
se encuentra el refugio (ver la foto de abajo, a la izquierda) donde
debería haber personal con celulares, equipos VHF, botiquín
y dispositivos contra incendio (ítem 1). Por supuesto, como habrá
adivinado el lector a esta altura, no hay nadie ni ningún equipo.
En el “Valle de los Espíritus” sólo podemos
encontrar espíritus. Parece coherente.
El
refugio, construido en los años noventa con piedras y cemento,
hoy es casi una ruina, ha sufrido el derrumbe parcial de su techo y
tiene perforaciones importantes en otros sectores. Exento de mantenimiento,
su interior es utilizado como depósito de basura.
Nos
refrescamos en las puras aguas de “el chorrito” y continuamos
ascendiendo entre nubes, hacia la cumbre que nos recibe con su paisaje
mágico, sobrecogedor, ancestral, mientras las nubes pasan bajo
nuestros pies como velos que se descorren dejando ver perspectivas soñadas
de intenso verdor que se pierden en la lejanía.
Eso
sí, el piso de la cima está lleno de botellas vacías,
algunas ya con descoloridas etiquetas. Se advierten dos cosas: que el
turista es sucio y que hace tiempo no pasa un recolector de residuos
por el lugar. Un perro que seguramente no leyó la prohibición
para el ascenso de animales (ítem 6) descansaba junto a las botellas.
Pero
ya estábamos allí, en la cumbre donde los viejos sabios
comechingones esperaban la salida del sol, el sitio que en tiempos recientes
pasó a ser el Santuario Extraterrestre. Y es una impagable sensación
que eclipsa cualquier mezquindad humana, que limpia el alma, que diluye
toda queja.
A
propósito de lo impagable, la mezquindad y la queja, al regresar
a la base, al final de la tarde, le solicitamos a la empleada “un
comprobante de la subida, es para presentar ante la Hermandad Blanca,
sabés”. Entonces sí, la empleada nos obsequia amablemente
una ENTRADA en el preciso momento que estábamos en la puerta
de SALIDA.
En
países como los nuestros tenemos experiencia sobre funcionarios
que legislan acerca de barrios que no transitan, individuos que desconocen
y cerros que nunca suben. Por eso nuestro deber de ciudadanos es informarles,
para que sus decisiones puedan ser cada día más acertadas.
Porque,
convengamos, no es lo mismo un servicio cuatro estrellas, que un servicio
de cuarta. ¿Verdad?
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