La Nave de los Locos

La Nave de los Locos Nº 36
LA NAVE DE LOS LOCOS... ESA AVENTURA
SERGIO SÁNCHEZ
(CHILE) - 2006

Las viejas y queridas NavesLa decisión de terminar con la revista fue dura, es cierto. Pero era una medida necesaria, si tomamos en cuenta que costaba cada vez más sacar un número y, en lo que a mí respecta, era cada vez más difícil escribir algún artículo. Aunque parezca demasiado prosaico como explicación, lo cierto es que La Nave comenzó a preparar hace un año, inconscientemente, su viaje definitivo. Cada nuevo número, y lo sabe Diego Zúñiga mejor que yo (como verdadero editor material de la revista), se iba poniendo más cuesta arriba, un poco por la falta de tiempo, un poco por el exceso de trabajo que involucraba.

En algún momento, las gratificaciones por tanto ajetreo dejaron de ser las mismas del comienzo y nos fuimos quedando sólo con los costos. Un día de 2001, en medio de la “edad dorada” de La Nave, le pregunté a Diego si había pensado hasta qué número llegaríamos (yo, pletórico de entusiasmo, escribía mucho entonces, y fantaseaba más aún sobre futuros “especiales” y monográficos acerca de los más variados temas); Diego me respondió que La Nave seguiría existiendo hasta que las ganas estuvieran intactas. Y pienso que las ganas, en el último tiempo, no lograron superar las trabas objetivas que comenzamos a encontrar.

No es que la pasión por el tema haya desaparecido, pero sí se ha ido metamorfoseando y decantando en otras direcciones. La vida es dura, sobre todo para los aficionados a la ufología que, por mirar el cielo en busca de prodigios, son a veces violentamente demandados por las cosas de la vida cotidiana.
        
Pero quisiera que ésta, mi última nota para La Nave, tuviera precisamente algo de la atmósfera de los mejores tiempos, en que el entusiasmo todo lo podía (unido a la envidiable calidad de estudiante universitario que ostentaba Diego, hoy periodista en un medio que le impone una jornada laboral escalofriante). Cómo no evocar, por ejemplo, las reuniones del numerosísimo Comité Editorial: este par de amigos que lo decidían todo por teléfono o por correo electrónico.

Salía una idea y la rumiábamos un poco, hasta darle el Imprimatur. Así pasó con cada nuevo dossier: abducciones, hipótesis psico-social, contactados, etcétera. Casi sin darnos cuenta, fuimos cubriendo la mayoría de los aspectos que más nos intrigaban y desafiaban en la ufología actual.

Aprendí muchas cosas con La Nave. No sólo por los artículos que nos llegaron de nuestros colaboradores, sino también por esto de hacer periodismo, cuestión que para mí era una completa novedad. Aunque jamás ganamos un peso por hacer La Nave, yo tenía la curiosa sensación de vivir de la pluma (o de la tecla, como se quiera).

Era un juego, por supuesto, pero abrigaba en mí el gustillo de la crónica, de la entrevista, de la reseña bibliográfica, de toda la creatividad inherente a cualquier trabajo periodístico serio. Y más aún en un tema que me resultaba a todas luces interesante. Por supuesto, hice mucho menos de lo que imagino. Pero esos modestos placeres están conmigo y no descarto la posibilidad de reincidencia, acaso en otro tema.

Otro fenómeno interesante fue nuestra aceptación e ingreso en el círculo ufológico crítico, lo que nos permitió conocer (a veces reencontrarnos), de forma directa o “virtual”, a muchas personas –extranjeras, la mayoría– que admirábamos y que, en algunos casos, habíamos leído en sus libros, revistas o papers. No cederé a la tentación de dar nombres, porque tendría que ser exhaustivo y cometería más de alguna omisión injusta. Pero nuestra inclusión en la informal cofradía de los ufólogos críticos iberoamericanos, es un beneficio invaluable casi paralelo a la fundación y difusión de nuestra revista. ¡Cuánto hemos aprendido en esos fructíferos intercambios!
        
Lo más curioso: la reacción del medio ovnístico chileno. Hubo de todo: desde la abierta hostilidad hasta el apoyo entusiasta, todo sazonado por la extendida y algo estudiada indiferencia de algunos personajes. Se admita o no, La Nave de los Locos se convirtió en un referente inexcusable de la escena ufológica nacional. Comentado o leído, el pasquín se fue haciendo su espacio, de manera lenta pero inexorable. Existíamos. Nuestra presencia se comenzó a hacer evidente por las perturbaciones gravitatorias producidas en algunos intocables, que pronto comprendieron que debían ser más cautelosos con sus especulaciones y con sus afirmaciones tremebundas. Quedó claro que las zarandajas surtidas, al estilo de la década de los noventa, no quedarían impunes, y que algún escribidor de La Nave haría presentes los patinazos y las pasadas de gato por liebre.
        
Recuerdo noviembre de 2001. Un contraste notorio entre la recepción internacional de La Nave, siempre generosa y elogiosa, con cierta frialdad del terruño. Me explico. Recibimos el premio “Cuadernos de ufología”, otorgado por la prestigiosa Fundación Anomalía de España, y fue un justo motivo de orgullo y satisfacción, además de un fuerte acicate para mejorar en todos los aspectos. Pero, coincidentemente, fuimos objeto de una inaudita falta de respeto por un canal de televisión, muy famoso en su preocupación por la moral sexual y la bolsa de valores, por vender sexo y condenar el sexo simultáneamente.

La anécdota es jocosa, pero muy reveladora. Se preparaba un especial sobre las “paraciencias” y querían mostrar la “otra mirada”. Por eso nos contactaron y nos invitaron al canal, a fin de entrevistarnos y grabarnos. Si algo nos caracteriza como argonautas, es una clara renuencia a buscar cámaras: ni suspiramos por la televisión ni ansiamos que nos llamen. Pero fuimos, aunque asumiendo que las entrevistas iban a ser recortadas y editadas, pues en el ambiente televisivo cada segundo vale oro, según dicen (salvo para emitir necedades y difundir la incultura, por supuesto). Y nada.

En un programa de una hora, en medio de historias abracadabrantes y truculentas sin fin, apareció Diego durante unos ocho segundos (es posible que menos) diciendo una frase sensata. Para mí ésa es la muestra más palmaria de lo que es la televisión nacional contemporánea y de cuáles son sus prioridades, lo que se agrava con una red privada, que responde sólo a sus accionistas en cuanto tales. A partir de ahí, nos quedó muy claro lo que podíamos esperar de ciertos medios cuando, por esas cosas de la vida, buscaban el concurso de La Nave para sus dudosos programas. Enhorabuena, en todo caso.
        
Ahora que realizo el último recuento de esta extraña aventura, pienso que La Nave no nos granjeó tantos enemigos como dice la leyenda. En realidad, me dejó grandes amigos, lo que constituye el capital más precioso de un proyecto que, en lo económico, sólo conoció los números rojos. Pobres, pero honrados. Lo que nos garantiza amistades sinceras, ¿pues quién podía beneficiarse –salvo espiritualmente, claro está– de participar de esta singular andadura?

Y si de amistad se trata y ya que estamos en ello, sí voy a dar un nombre: el de Diego Zúñiga y Contreras, mi socio y co-director, quien ha tenido siempre conmigo una paciencia digna de mejores causas. Jamás hubo entre nosotros, pese a seis años de trabajo, algo parecido a un conflicto o a una pugna por cualquier cosa. Sólo la camaradería y el respeto mutuo, así como un conocimiento certero sobre las características de personalidad de uno y otro, pudieron sostener a La Nave despegando y volviendo sin tregua.

Sergio SánchezPero ha llegado el momento de la pausa definitiva. Confieso que me emociona escribir mis últimas líneas para la revista. Es cierto que cada vez escribía menos, pero esto es distinto. La cortina se cierra y uno se aleja por el mismo camino que lo trajo, silbando una canción desconocida. A poco de andar, se acuerda de que se le quedó algo por ahí, acaso en un cajón. Vuelve y se asegura de que está todo en orden. Ahora sí, el camino espera al viandante mientras el armatoste volador abandona nuestro mundo. Sí, yo estuve allí; viajé y aprendí en el artefacto imaginario, en la stultifera navis, en La Nave de los Locos.

Sergio Sánchez es abogado y algunos de los mejores artículos de este boletín salieron de su pluma. Antes había editado otro pasquín, llamado “Nueva ufología”, que terminó básicamente por las mismas razones que ven partir a La Nave. Aparte de aficionado al tema OVNI, Sergio ama el fútbol y es capaz de cualquier cosa con tal de no perderse partido alguno de los campeonatos mundiales.

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