El año 2000 nos trajo el milenarismo más desbordante, la elección de George Bush como presidente de Estados Unidos, el hundimiento del submarino Kursk en Rusia, una segunda intifada en Palestina, la crisis del niño Elián González en Cuba, el proceso contra Augusto Pinochet, el final del Concorde, la caída de Miroslav Milosevic y muchas cosas más en otros órdenes de la vida. Entre ellas, La Nave.
Como su nombre indica, fletar una nave crítica y racional en el océano del misterio es una locura. Con frecuencia los vientos son adversos, el oleaje picado y las tormentas violentas, pero La Nave que capitaneaban Diego Zúñiga y Sergio Sánchez cortó amarras y salió de puerto en abril del año 2000, dispuesta a cruzar la mar más allá del universo desconocido.
Y como todas las naves pioneras, la de los locos afrontó no pocos intentos de hundimiento. Desde los embates feroces de los kraken de la irracionalidad, hasta los seductores cantos de sirena que más de una vez a punto estuvieron de dañar el timón y dirigir La Nave hacia los arrecifes. Pero durante más de un lustro el viaje continuó, siempre con la proa hacia poniente. Y seis años de travesía son muchos años.
La Nave de los Locos tocó puerto en casi cuarenta ocasiones. Y en cada una los capitanes nos ofrecían el fruto de su cuaderno de navegación por el océano de lo ¿inexplicado? en un boletín compacto, sobrio, pero sabroso, que en España recibíamos cada tanto tiempo con apasionada curiosidad.
Y de entre todos quizás sólo quienes hacíamos y aún hacemos un boletín como “El Ojo Crítico” (que puede visitarse en Fraudes Paranormales), un “diario de navegación” que ha surcado, antes o después, los mismos mares que La Nave de los Locos, podemos valorar el enorme esfuerzo de estos navegantes. Porque sólo quienes se hayan dejado la paciencia, el tiempo libre, el dinero y la dedicación en un proyecto editorial como La Nave de los locos pueden comprender lo que significa una singladura de casi siete años y 36 números.
No se trata ya del contenido del navío, que sin duda podría ser objeto, lo ha sido y lo será, de mil matices, debates y polémicas, sino de su aspecto más material y pragmático: el continente. Siempre resulta gratificante recibir una revista no comercial, artesanal e independiente, con información fresca y atrevida. Pero temo que sólo quienes sabemos el esfuerzo que implica conseguir las colaboraciones (que nunca serán remuneradas económicamente), corregir y maquetar cada una de ellas, ilustrarlas, montar cada ejemplar, realizar cientos de fotocopias, plegar los folios, grapar uno a uno cada boletín, ensobrarlos y enviarlos por correo, contando sólo con el tiempo y el dinero propios, podemos valorar en su justa medida lo que ha supuesto, de verdad, La Nave de los Locos.
Con su desaparición todos perdemos. Porque aunque su presencia se mantenga en los números ya impresos y en internet, revistas independientes como La Nave suponen la última alternativa razonable a publicaciones comerciales, más poderosas sin duda, pero carentes de la ilusión y la motivación que implica una locura como la que ahora tiene el lector en sus manos. Bendita locura.
Manuel Carballal es un ufólogo de la llamada tercera generación española. Reportero, viajero incansable, pero sobre todo amigo de esta publicación a pesar de todas las piedras en el camino, fue siempre leal con el pasquín, y eso se agradece siempre. Nos regaló libros y una interesante colección de El Ojo Crítico, que también se puede disfrutar en su blog.
Volver
al Nº 36