Ese
estado psicológico e intelectual que se ha dado en llamar posmodernidad
es como el doctor Jekill, con sus dos personalidades. Por un lado
se presenta como un esperanzador cuestionamiento de los principios
en que está basado el mundo en que vivimos -y si no no sería más que
un nuevo, absurdo y ridículo ejercicio de originalidad a toda costa,
compulsión acentuada en casi todos nuestros escenarios sociales- referidos
a la concepción de la realidad, a cómo nos acercamos a ella, con qué
pertrechos de los disponibles en nuestro cerebro encaramos lo que
existe más allá de nuestra piel.
Es
un magnífico ejercicio de esa frase publicitaria que acompaña las
ediciones de "Cosmos", de Carl Sagan: "una evolución de 15.000 millones
de años -eón más, eón menos- que ha permitido a la materia tomar conciencia
de sí misma". No es exactamente así, pero ésa es la idea.
Esto no es un trabajo de relajante jardinería de fin de semana, ni
materia para un seminario de dos días donde nos corregirán nuestras
zonas erróneas y nos dirán, mediante unas pocas recetas, cómo activar
las facetas de nuestra personalidad que van a generar las endorfinas
de la felicidad instantánea; no, no es eso; es el trabajo supremo:
la tarea del pensar.
Como decía, éste es un lado de la posmodernidad en el campo
de las ideas. El otro es el de la extrema ausencia de criterios seguros,
el de la errónea interpretación del "todo vale", en cierto modo perversa
traducción de la frase que, heracliteanamente, sacó un día Paul Feyerabend
a pasear: anything goes, 'todo va'..., así, con puntos suspensivos.
Esos puntos suspensivos a los que Ortega y Gasset podría haber dedicado
un largo artículo de habérselo propuesto.
Pero
vamos al grano. El otro lado de la posmodernidad se manifiesta, por
ejemplo en el caso del conocimiento y la labor de investigación, en
que algunas personas confunden el rigor de terceros con tener la cara
de granito puro. Parece que el "todo vale" se lleva a extremo de que
cualquier patraña, cualquier figuración, cualquier remedo de investigación
científica pasa por una seria aportación al conocimiento.
Un
ejemplo de primera mano: en el turno de preguntas de una charla que
sobre la mitología de los platillos volantes y las principales explicaciones
que sobre estos "testimonios de lo anómalo" tuve la oportunidad de
ofrecer el 4 de julio de 2002 en Santa Cruz de Tenerife, un interesado
en los ovnis aseguraba que un famoso periodista perseguidor de ovnis
con miles de kilómetros a sus espaldas es un investigador riguroso
(sic).
De
nada sirvió que se le explicara al sujeto lo que es una investigación
realmente rigurosa y los filtros que ésta debe superar para ser tenida
por algo valioso. Para nuestro hombre el criterio de rigurosidad se
basaba en que el "investigador" en cuestión suele entrevistar personalmente
a los testigos y que
ha escrito muchos libros sobre estos temas. No es éste el momento
de desmenuzar toda esta pantomima en la que se apoyan los Indiana
Jones de lo anómalo, los Lawrence de Arabia del más allá y los Marco
Polo de desgastados misterios recauchutados...
Este tipo de estafas culturales, esta forma de pervertir intencionadamente
o no la vocación de saber de nuestros semejantes, se convierte en
algo más que una lucha por la investigación adecuada de un mito contemporáneo
como es el de los ovnis: es un ejemplo de que nuestra implicación
en la difusión de la crítica frente a lo misterioso y lo paranormal
es también ética.
Debemos
realizar nuestra labor aun con mayor dedicación, para evitar en lo
posible que semejantes desahogados se beneficien de las deficiencias
de personas que, por lo motivos que sean, no tuvieron acceso a las
vacunas que los inmunizan contra toda suerte de vendedores de misterios
prefabricados, de simulacros de investigación científica y de toda
una colección de raquíticos ejemplos de pseudoespiritualidad, apta
sólo para indigentes intelectuales.
La
New Age y sus múltiples tentáculos. En eso estamos, señores adalides
de la mente abierta y la investigación de los "misterios".
Sólo
On-line